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Testimonio de la fuerza de la Eucaristía

Sínodo de Obispos - 2005   “Escuchar el grito de la soledad”

Beatísimo Santo Padre, Eminentísimos Cardenales y Obispos, a todas las personas presentes:
Soy una pobre y simple hermana que no tengo ni la instrucción ni la cultura para entrar en los debates profundos de estos días.
Pero tengo la alegría de comunicarles que soy testigo de cómo Dios obra hoy a través de la Eucaristía.
El Santo Padre decía que el encuentro con Dios crea siempre un dinamismo nuevo: es lo que sucedió en mi vida cuando, delante de la Eucaristía, he comenzado a percibir el profundo dolor de muchos jóvenes en las calles, a escuchar el grito de la soledad en ellos que llegaba hasta mi corazón. En ese momento he renovado  mi “sí” a Dios, dejándome llevar por este “susurro” de la fe que me invitaba un nuevio comienzo.
La Eucaristía  hace entrar en el corazón de la propia historia y en la de los que te rodean.
Jesús me ha mandado a aquellos jóvenes destruídos que caminan por nuestras plazas, que llevan la tristeza de la droga en el corazón, que tienen  hambre y sed del sentido de la vida que todavía no han encontrado.
            ¿ Qué método terapéutico o medicina podía proponerles?
¡Ninguna pastilla da la alegría de vivir y la paz del corazón!
Por el amor y el respeto que siento hacia ellos, no quería de ninguna manera engañarlos, entonces les he propuesto a ellos lo que a mí muchas veces me había dado buenos resultados llenándome de de confianza y esperanza: la Misericordia de Dios y la oración eucarística.
Les pido a ellos sin temor, desde el inicio del camino, que se arrodillen delante del Pan de la Vida presente, gracias a la bondad de los Obispos, en todas nuestras casas, porque estoy  segura de que Él no desilusiona.
Alguno de ellos me dice: yo soy ateo, no creo, no entiendo.
Yo les respondo  que la Eucaristía no se entiende con la cabeza, sino que se experimenta en el corazón. Si con confianza te arrodillas delante de Él, sientes que su humanidad presente en la hostia consagrada despierta la imagen de Dios que hay en ti y que resplandece!
Luego de algunos meses los encuentro y me dicen: “Me siento cambiado!” y veo una luz nueva en los ojos.
             Es el “milagro eucarístico” que contemplo desde hace muchos años.
El estar en adoración delante de aquella presencia silenciosa, despierta y hace gritar la conciencia de ellos, la ilumina sobre lo que es el bien y el mal, los acompaña en el camino hacia la Misericordia de Dios en la Confesión, los hace volver a alimentarse de  aquel cuerpo de Cristo que da vigor en el camino.
La Verdad de Cristo se vuelve verdadera y plena libertad, aquella libertad que ellos habían buscado en las calles del mundo.
Es asombroso cómo el desarrollo de la Comunidad está ligado a la Eucaristía, que crea un dinamismo no sólo personal sino también de Pueblo.
              Al principio algunos jóvenes han comenzado a levantarse durante la noche para la adoración personal; luego se fue extendiendo a  cada sábado por la noche, hasta que  han decidido  arrodillarse en  las cincuenta comunidades, desde las dos a las tres, para rezar por aquellos jóvenes perdidos en las propuestas falsas del mundo.
               Luego llegó el momento en que han comenzado la adoración eucarística contínua.
El resultado ha sido un cambio en la marcha de la historia de la Comunidad: llegaron jóvenes de muchas nacionalidades, las comunidades se multiplicaron, nacieron las misiones en América Latina, y luego las vocaciones de familias y consagrados a Dios en esta su obra. Ha estallado lo que el Santo Padre en Colonia ha llamado “la revolución del Amor”.
                He querido con simplicidad contarles un poquito de nuestra historia para dar gracias a Jesús que en la Eucaristía nos ha dejado entre las manos el tesoro, la medicina, la luz más extraordinaria para salir de las tinieblas del mal. Los jóvenes con los cuales vivo desde hace veintidós años han sido para mí como religiosa, el testimonio vivo de que la Eucaristía es verdaderamente presencia viva del Resucitado, y que también nuestra vida muerta, entrando en la suya, resucita.
                 Verdaderamente si uno está en Cristo, es una criatura nueva!
Gracias por haberme escuchado.


(intervención completa de sor Elvira el 12 de octubre, en la XV Congregación General del Sìnodo)

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