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Junio

El Espíritu Santo envuelve el tiempo de nuestra vida y nos sumerge en Él. El Espíritu Creador hace nuevas las cosas todos los días, hoy esa creación nueva que Él obra somos nosotros.
Dios desea entrar en las raíces de nuestra historia, en  nuestra vida pasada y frecuentemente herida, porque el encuentro verdadero con Él es el germen de una nueva  creación, es la primavera perenne del corazón.
Cuando voy al mar me gusta colocarme las antiparras para mirar en la  profundidad: hay rocas que salen a la superficie pero luego observo  desde abajo  y en realidad  es una montaña que no termina más. También nuestras raíces son así, nosotros somos criaturas  pequeñas y pobres  pero en la raíz de nuestra existencia,  hay algo muy grande: la grandeza del amor del  Espíritu Santo.
Hagámonos cargo de nuestra vida y tomemos conciencia de que es un don precioso, reconozcamos la profunda nostalgia  de amar que tenemos en nuestro interior porque hemos  nacido del amor. No traicionemos esta aspiración profunda de nuestra existencia. Las resistencias escondidas que a veces tenemos, las que todavía callamos y rechazamos, las vencemos si nos abrimos a Dios con libertad y coraje: el miedo se va y nosotros descubrimos en la fe  que tenemos  un corazón que late por los demás, una vida capaz de entregarse  en la  gratuidad, en la pureza y en la fidelidad.
Si no habitamos y vivimos en el amor, nos perdemos viviendo para las cosas, para  algo fuera de nosotros: una buena posición social, un trabajo para hacer carrera, el dinero, el poder… pero nuestra única y verdadera realización es amar. ¡Si uno no ama no vive su razón de ser, permanece incompleto, permanece en la muerte!
Tenemos necesidad de vivir la vida en la luz de la fe. La fe despierta la caridad y hace la vida dinámica y verdadera: ¡una vida que reacciona, que sufre, que sirve, que se entrega!  Siempre les digo a los jóvenes que   la verdadera sanación del corazón es  cuando pasamos del "mendigar" el amor de los demás a saberlo donar. El amor no es sólo hacer limosnas, dar algo, sino que es darse a sí mismos, gratuitamente, en el servicio. De este modo uno se da cuenta que cuando hace un bien a los demás, en realidad, el primer beneficiado es uno mismo porque una nueva luz se enciende dentro. 
Nosotros hemos creído en el amor que Dios nos tiene  y continuamos creyendo que sólo el encuentro con Él transforma el corazón, la mente y la vida del hombre. Este milagro de la vida que renace lo vemos desde hace muchos años con nuestros propios ojos. La fe es creer que Dios obra dentro de nosotros, es ver, no solo sentir. Ver esas personas  vivas que cambian, jóvenes que deciden perdonar y perdonarse, familias que recomienzan a tener esperanza, ojos y rostros que vuelven a resplandecer de luz después de tantos años pasados en la oscuridad. Este es el milagro del amor de Dios que genera en nosotros el deseo de amar.
El mundo tiene sed de este amor verdadero, los jóvenes de hoy buscan esta clase de amor honesto, y nosotros podemos darlo comenzando con pequeños gestos concretos: con una sonrisa, con el silencio delante de una provocación, con el pedir perdón y el tender la mano al hermano para vivir la paz a pesar de que tengamos "nuestras" razones… Cuando tenemos de frente la posibilidad de elegir el bien, hagámoslo. ¡Somos capaces, y seremos felices!

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