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Jesús ha resucitado para hacernos correr Jesús Resucitado es el corazón del mundo, late y da vida a todo el universo; es un rayo de luz que desde aquel sepulcro vacío se irradia sobre toda la humanidad ayer, hoy y siempre. Jesús Resucitado es un acontecimiento especial, particular, único. Es el anuncio de la victoria de la vida sobre la muerte, de la luz sobre las tinieblas, del amor sobre el pecado. La Pascua es la fiesta de los pies que corren: al sepulcro todos llegan “cansados, tristes, desilusionados”... y parten corriendo. El Resucitado pone en nosotros el dinamismo, la carrera, el apuro por anunciar. ¿Dónde están hoy los apóstoles, aquellos Pedro y Juan que fueron por el mundo a anunciar a Jesús? ¿Quiénes son las Magdalenas, perdonadas y reconciliadas con Dios, que anuncian a todos que Jesús está vivo? ¡Somos nosotros, los bautizados! Nosotros somos ese Pueblo de Dios que debería llevar a todos la alegría de la salvación. El Bautismo y los demás sacramentos renuevan nuestro corazón, nuestros sentimientos, la historia humana: ¡De simples criaturas pasamos a ser hijos de Dios! Es un acontecimiento excepcional: el cielo desciende sobre la tierra para realizar en nuestros corazones algo tan extraordinario que no podemos guardarlo sólo para nosotros, nos desborda y debemos dar testimonio. Mucha gente todavía no sabe que hay un Salvador que ha venido al mundo para traer la Misericordia y el Amor de Dios. El mundo está todavía en la oscuridad, atribulado, lleno de miedos y de tinieblas, porque nosotros los cristianos vivimos para otras cosas, no somos concientes del tesoro precioso que tenemos entre las manos: hablamos de banalidades y a menudo le damos importancia a cosas inútiles. Demasiadas preocupaciones nos hacen “derretir” el cerebro porque no estamos cumpliendo nuestra verdadera misión sobre la tierra; el egoísmo nos vuelve tristes y aumentan nuestros miedos. Hasta en la mañana de la Pascua, quizás, nuestro primer pensamiento sea: “¿Has hecho el café? ¿Está preparado el desayuno? ¡Qué dolor de cabeza esta mañana...!” Nosotros, por vocación familiar de Dios, no podemos empantanarnos en el barro del egoísmo del mundo. Llamados a las altas vetas del anuncio liberador, nos dejamos encadenar los pies por las superficialidades de la vida. ¡Cristo ha resucitado! ¡¡Verdaderamente ha resucitado!! Es la experiencia cotidiana que desde hace años mis ojos contemplan, mis manos tocan, mis oídos escuchan. Los muertos resucitan, los prisioneros son liberados, los ciegos ven. La potencia de Su resurrección “desencadena” la nuestra. Las ocasiones para testimoniar y manifestar lo que el Señor ha hecho por nosotros son miles cada día: una sonrisa, el perdón, un abrazo, un servicio, un trabajo hecho con y por amor. María Magdalena y los apóstoles intercedan por nosotros en esta Pascua para comenzar a correr y llevar a todos el buen anuncio de la mañana de Pascua: ¡la muerte no tiene ya la última palabra! ¡Ha sido vencida por la resurrección de Cristo! “¡Qué bellos son sobre la montaña los pies de los que llegan para anunciar la paz que el mundo espera!”...tus pies, mis pies, los nuestros... ¡y entonces el mundo renacerá! ¡Feliz Resurrección!
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