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Es tiempo de Paz

Vivimos tristes tiempos de guerra donde escuchamos hablar mucho de paz pero se la vive poco. Todos la quieren pero son muy pocos los que la buscan verdaderamente. Ante tanta violencia la paz se vuelve un anhelo sufrido, una meta que todos esperan, una esperanza que todos desean se vuelva pronto realidad.

Pero la paz no es sólo ausencia de guerra, un alto el fuego, es algo más profundo. La paz es un deseo innato en el corazón del hombre en cuanto creado por Dios que es la fuente y el artífice de la verdadera paz, fruto de justicia, de verdad y de amor.
Sin embargo en la actualidad, desde el momento de la concepción el ser humano vive el drama de la aceptación o del rechazo, del egoísmo o del amor, de la vida o de la muerte.
Sí, la guerra antes de ser un conflicto externo es una confusión interior, una tribulación entre mente y corazón, entre el ser y el poseer, entre acoger o rechazar. La primera guerra hoy se libra allí: en el origen de la vida humana. Cuando el hombre no toma conciencia de haber sido creado a imagen y semejanza del propio Creador, cuando no desarrolla la religiosidad que constituye su verdadera naturaleza y no busca la relación con Dios y la cercanía con su Palabra, si no que lo excluye o le es indiferente, rechaza a Aquel que puede darle la paz verdadera.

Las guerras que devastan muchas partes del mundo, no son otra cosa que expresión agigantada de las luchas que vive el corazón del hombre, donde se acumulan sentimientos de venganza, rencor, amargura, miedo, ansiedad, duda,  rechazo de sí mismo y de los demás.
Entonces las relaciones con la propia esposa o el propio marido, las relaciones profesionales y sociales se vuelven causa de lucha y división. La guerra es sólo la punta de un iceberg mucho más profundo; nace donde no existe la misericordia, el perdón, la comprensión recíproca, donde cada uno quiere prevalecer sobre el otro porque está convencido de tener razón y entonces se crea la división, la oposición. Se lucha en nombre de la justicia cuando para Dios la justicia más perfecta es la misericordia. 
Me dirijo sobre todo a las familias, a los padres, a los hijos, a los jóvenes, invitándolos a preferir la vida, el diálogo, la amistad, la alegría, la sonrisa, la confianza y el perdón antes que tener « razón ». La paz nace de un corazón libre de odio: ¡perdona y tendrás paz!

Pienso que todos los que sinceramente queremos la Paz, debemos preguntarnos sobre la calidad de nuestra fe, de nuestra oración, de nuestro servicio y de nuestro amor al prójimo. Dios envió y nos dejó su Hijo único  para cargar con la miseria humana, y la guerra se desencadenó también contra Jesús que es la plenitud de la inocencia total, de bondad, de entrega, de santidad, El que hizo y quiere el bien de todos.
La Paz no es fruto sólo del esfuerzo humano sino que es un don que Dios concede a los que la desean, la piden y se empeñan en construirla dentro de ellos y a su alrededor. Pidámosla los unos por los otros unidos en el corazón inmaculado de María, Reina de Paz y de Misericordia. ¡Nada es imposible para Dios!

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