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La Comunidad es una señal de esperanza para el mundo, para las familias, para el corazón del hombre. Muchos de ustedes saben que desde hace ya muchos años vivo junto a chicos perdidos, marginados, violentos, drogadictos. Gracias a ellos mi esperanza se ha transformado en más verdadera, más concreta, más viva, se ha convertido en existencia. Todos tenemos en nosotros el germen de la esperanza: deseamos un futuro mejor, la sanación, la salud, la paz, la serenidad…sobre todo en este momento, al comenzar un nuevo año, en todos se enciende la esperanza de un futuro mejor. Año nuevo, vida nueva…se suele decir, pero en realidad nosotros estamos experimentando que la verdadera esperanza no es una cosa sino Alguien. Cada uno de nosotros es una esperanza viva para los demás y está llamado a ser constructor. Dios Padre ha venido a nuestro encuentro, a revelarnos su rostro por medio de su Hijo. En Él tiene sus raíces nuestra esperanza, en aquel Jesús nacido en Belén hace 2000 años, que murió y resucitó por nosotros, y nos dice que la muerte no tiene la última palabra. Él es la esperanza que debemos anunciar a todos. La peor enfermedad de nuestro mundo es la tristeza, la indiferencia, la soledad; el mundo espera anunciadores de esperanza como la tierra árida espera el agua. Dios, en su gratuidad, ha elegido a la Comunidad para anunciar la esperanza, nos ha dado la fuerza para seguirlo, ha puesto en nuestros corazones el deseo de abrazar a la humanidad herida. La esperanza viva que está en nosotros debe convertirse en amor concreto en los gestos, en las obras, en la vida. No sólo una parte nuestra o algunas horas de nuestra vida, sino nosotros mismos. Si no entregamos nuestra vida, si no la gastamos por los otros, se desvanecerá en nuestras manos. Nosotros queremos ser Iglesia viva, operante, amante del hombre. Para servir a Cristo en sus miembros, en los pobres. Debemos estar enamorados de Dios, locos por Él. La energía deriva de este “feeling” con Dios primero que con cualquier otra persona, antes del marido, de la esposa, de los hijos, de la familia, que son todos dones de Dios y que se vuelven más preciosos al tener el corazón y la mirada puestos en Él. El pobre, bajo cualquier ropaje, es siempre Jesús Crucificado con las llagas abiertas, y su sangre que se derrama sobre la humanidad, en este enfermo o en aquel desesperado. Entonces, tú, que eres esperanza viva, estás llamado a acogerlo, a sonreírle, a poner tu fe en acción para hacer caminar el amor en el mundo. El pobre tiene necesidad de confianza, que tu fe sea también para él, que tú creas en él, que esperes en él, para que él pueda recomenzar a creer, a amar, a esperar. Los pobres son la verificación concreta de nuestra fe, de nuestra caridad. Por esto les hemos abierto las puertas a los jóvenes, porque antes ya habíamos abierto nuestro corazón de par en par a Dios. El Padre nos llama a colaborar, a hacer crecer esta esperanza que es Jesús resucitado en medio de la humanidad herida que espera reencontrar la luz. Que el Niño Jesús nos conceda la gracia de contemplar Sus ojos, Su rostro, Su corazón en los ojos y en el rostro de quien, cada día, encontramos en nuestro camino. Nos dé un corazón pobre, libre, bueno, simple como el suyo, para que quien nos encuentre pueda encontrarlo y verlo brillar en nosotros.
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