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La Iglesia es joven por la fuerza de gente que entrega la vida, que da su sangre, día tras día, sin miedo, encontrando el coraje y la fidelidad en la comunión eucarística, en el encuentro con el cuerpo crucificado y resucitado de Cristo, que llega a transformar también nuestro cuerpo en Eucaristía: nos volvemos más limpios, más generosos, más Jesús. Nos alimentamos de Él y poco a poco nos renueva: no vivimos más nosotros, sino que es Cristo que vive en nosotros, haciéndonos pan bueno para compartir con los hermanos. Esta ofrenda de tu vida es la que mantiene vivo al Pueblo de Dios, todo lo que haces en el bien: sembrar sonrisas, bondad, palabras positivas, dar ánimo, la fuerza de cargar la cruz del hermano, tu sacrificio que se hace don sin límite… Es lo que vivieron los Apóstoles. Ellos siguieron a Jesús y después de Pentecostés, desde aquel Cenacolo, empezaron a anunciarlo a todos: así nació la Iglesia. Y Pedro permaneció en la tierra en la persona del Papa: quien no lo ha visto de cerca aunque sea una vez, no puede entender el misterio luminoso de la presencia viva que lo habita. Entonces ve allá, míralo a los ojos y verás que Pedro esta vivo, porque al acercarte sientes que allí está la ternura de Dios, la belleza de una Presencia que permanece, que te da seguridad. Allí sientes una dimensión que no es sólo terrena, que es más que un momento histórico; hay algo que va más allá de lo que ves, alguien más habita en esa persona que ves: es Pedro, que sigue guiándonos hacia el encuentro con el Maestro.
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