ItalianoHrvatskiEnglishFrançaisDeutchEspañolPortuguesePo PolskuSlovakia     

 

Febrero

LA PRIMAVERA DEL CORAZÓN
¡La vida es el don más grande! Y los niños son el tesoro que Dios Padre nos entrega porque en su escuela y a su servicio podemos asombrarnos y enamorarnos del milagro de la vida.
Desgraciadamente en las noticias actuales a menudo vemos el dolor de muchos niños: maltratados, utilizados, prostituídos, abandonados a cualquier destino. El niño ya no es una joya preciosa a la que custodiar y amar, “un piezz’e cuore”, parte del corazón como dicen en Nápoles. Siendo el don más grande, parece haberse convertido en un peso para sacarse de encima. El egoísmo de los grandes lo rebajó a un “objeto” para desahogar los propios instintos, para ganar dinero o para dejar  abandonado con prisa. Y todo esto acontece una y otra vez ante nuestros ojos con una constancia que es casi indiferente normalidad. Quizá por un momento al oír o leer la crónica, se despierta la conciencia del sopor en que la ha relegado el mundo pero luego sigue la indiferencia.
Nosotros, en cambio queremos seguir expresando el grito que nos surge frente a tanta maldad humana: ¿por qué tanta maldad? ¿Por qué el hombre llega a estos niveles de crueldad y egoísmo? Un mundo que no ama y no respeta a los pequeños, que no defiende la vida débil, es un mundo de cadáveres, de desesperados. Un mundo que rechaza la vida, que hiere la vida de los niños, no se puede decir que es mundo.
Sin embargo, Dios nos llama a amar este mundo, a ser portadores de esperanza, chispas de luz y de bondad para hacer resurgir a la humanidad.
Nuestra sociedad sufre hoy un cáncer mortal: no puede amar. El que no ama permanece en la muerte, no vive, no sufre, no lucha, no se alegra, no llora. ¡El que no ama es indiferente! Pero a menudo el que no sabe amar es el que no conoció el Amor verdadero, el de Dios, el que te enciende por dentro, que te devuelve la vida, que te hace estallar de las ganas de amar.
Sí, el Amor genera amor y hoy en el mundo se necesitan personas capaces de  alumbrar esperanza.
Se necesitan mujeres y hombres de fe, una fe valiente, fuerte, concreta, una fe que es diálogo, amistad, pasión por ese Dios que es Amor, una fe que cambia el corazón, los pensamientos, los proyectos y las elecciones de la vida y que nos hace capaces de amar a todos, especialmente a los más pequeños.
Hacen falta nuevas familias, si renace la familia, si los padres se convierten, el hijo se salvará. El Señor nos llama a este desafío del que depende nuestro futuro y el de nuestros hijos.
¿A quién queremos seguir? ¿Quién es nuestro maestro? ¿Qué nos pide? A la respuesta que demos a estas preguntas está “enchufada” la alegría o tristeza de nuestra sociedad, de nuestras familias, de quien está con nosotros, de nuestros niños, la primavera o el invierno de nuestro corazón.
La experiencia que hacemos cada día con los jóvenes que entran en nuestras casas perdidos y “muertos”; con las familias destruidas por el dolor y la desesperación; con los niños de las misiones, en quienes la calle y la violencia dejó heridas abiertas y sangrantes, es la de la resurrección, de la esperanza que devuelve luz y color a los ojos apagados. Por eso creemos que aún en la más negra oscuridad es posible encontrar la luz, que en la tristeza más tétrica puede encenderse la alegría, que en la más amarga soledad puede acercarse un amigo.
Sí, queremos ser testimonio de esta esperanza para anunciar al mundo que el secreto para estar bien y abrir el corazón es ese Padre maravilloso que espera a cada uno como al hijo más precioso.

Imprimir esta páginaImprimir esta página