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La fe no es un pensamiento mágico: “Yo creo, por lo tanto Dios debe darme tal gracia”. “Yo rezo, ¿por qué Dios todavía no me ha escuchado?” Profundicemos en la fe de María, una fe sólida, segura, fuerte ¡pero cuánto habrá sufrido! ¡Qué respuestas le habrán surgido frente al hecho de que estaba a punto de dar a luz al Niño y ninguna puerta se les abría: “¡No hay lugar para ustedes!” También Ella habrá sentido miedo, ansiedad porque ya sentía los dolores del parto, nadie los recibía y... ¡Ella sabía que estaba por nacer el Hijo de Dios! Mirando a María me doy cuenta de que la fe, a veces, se prueba con el sufrimiento: se hace más fuerte cuando pasa por el dolor, el rechazo, la marginación, el no ser reconocido, el ver que no se respetan los más elementales derechos. Pero es justamente cuando estamos en la cruz y sufrimos que nace la fuerza de creer que después vendrá la alegría y nos descubriremos más maduros, más equilibrados, más sensibles hacia los demás, más capaces de amar. No hay ninguna realidad como el dolor para aprender el amor. ¡Es el momento de verificar tu fe! Les aseguro que después de ese sufrimiento ya no eres más el infantil de antes, el eterno adolescente, sino que eres más cristiano, más creyente, más fiel, más maduro. ¡La fe vence! Debemos estar seguros que si frente a una situación que nos hace mal, que nos acusa, que nos llena de preguntas, continuamos creyendo, nos beneficiará tanto a nosotros como a nuestras familias. Especialmente si somos capaces de no hacerle “pagar” a otro nuestro sufrimiento interior, sino poniéndonos en oración con confianza, “descargando” en Dios lo que nos hiere y nos preocupa, confiando en Él que es nuestro Padre. Estoy segura de que María y José, mientras golpeaban las puertas de los albergues para ver si había un lugar para ellos, continuaban rezando confiados. La fe les daba a ellos la certeza de que el Señor no los abandonaría, que alguien los recibiría, que un lugar, una puerta, se abriría. La fe es Alguien dentro de nosotros más fuerte que nuestras desilusiones, que cada puerta cerrada. La Virgen llevaba esta presencia dentro de Ella, en su vientre: en Ella, la fe era carne, era la vida de aquel Niño que Ella protegía y por el cual se sentía protegida. ¡La fe es para custodiar, pero a la vez, ella nos custodia! No desperdiciemos la riqueza inmensa de la fe: hagamos ejercicios de fe en los pequeños sufrimientos, hagamos la experiencia viva de que Dios está con nosotros, no nos abandona, es fiel a sus criaturas que le suplican. Si las cosas no salen como querrias o no las puedes comprender del todo conservalas en tu interior. María “guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón”: también a Ella le pasaba que no entendía todo siempre y en seguida, pero vivía el momento de la incertidumbre y del dolor en la confianza de que el cielo se abriría y Dios vencería.
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