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Desde hace tiempo que como Comunidad sentimos una fuerte urgencia de incomodarnos para anunciar y testimoniar la presencia viva de Jesús en medio nuestro. Una vez más, frente a multitudes que también hoy están hambrientas, lo buscan y desean escucharlo, Él nos pide, como a los apóstoles, que les demos nosotros mismos de comer. Lo que significa entregarnos, partirnos como el pan sobre la mesa de un mundo que sufre el hambre de esperanza, de alegría, de paz. La verdadera misión es ir a aprender todo, a educar nuestro corazón para hacerlo vibrar, porque muchas veces es un corazón de piedra, de hielo, un corazón que solo tiene pensamientos y proyectos. Pidámosle al Señor el don de llevar alegría a los que nos esperan, que nos haga Sus testigos concretos y humildes para que la historia de amor y fidelidad que Él comenzó, crezca y dé frutos donde quiera que nos lleve Su Espíritu. Fe significa no querer vivir solo para uno mismo sino para entregarse a todos y la primera condición para ser misionero es olvidarse de sí mismo. Amar es servir, es dar la vida, es pensar primero en los demás, es tener ojos en el corazón que ven la necesidad del hermano. Es perder la propia vida, en el sentido de entregarla a las personas que el amor de Dios te manda, descubriendo que en realidad la encuentras en los que sirves porque Él te da cien veces más: lo que das a los otros, aunque sea una gota, vuelve multiplicado. Dios nos dio la voluntad para hacer el bien, para que vuelva centuplicado y así el mundo pueda cambiar: ¡el amor que damos es la verdadera sonrisa de la vida! El Señor nos recompensará si dimos aunque sea un vaso de agua con amor, a cualquiera, al más pequeño, al más pobre. Y hoy los más pobres no son sólo los mendigos, los harapientos, sino que quizá los más pobres son quienes sólo tienen confianza en ellos, los que solo creen en lo que tienen, en lo que hacen, los que buscan la felicidad en las cosas materiales. Entonces, no hagamos distinciones; si se puede hacer un gesto de amor, ¡hagámoslo! A los viejos, a los jóvenes, a los niños, a los enfermos, a los sanos, a los ricos, a los pobres. . . el ser humano es el rostro de Dios en la tierra: vayamos al hombre de nuestro tiempo y llevémosle ese Dios que busca y que hasta hoy muchas veces no pudo encontrar. Pero debemos ir a todos. . . si podemos. Queremos dar amor, esperanza, coraje, confianza. ¡Verán que nos haremos más fuertes en la fe porque cuanto más damos más nos convenceremos de la verdad de los que decimos, que es la verdad, es la vida, la alegría! El servicio, el bien que haremos es Jesús que vive en nosotros y también vive en las personas que amaremos, que abrazaremos, que ayudaremos con el diálogo, el servicio, el esfuerzo o quizá con una simple sonrisa.
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