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“Amigo” significa mucho más que hermano o hermana. Jesús, en efecto, cuando quiere decir a los apóstoles que los quiere, que confía en ellos, que los siente “suyos”, les dice:“ . . . yo los llamo amigos porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.” Vivir la amistad verdadera significa experimentar la vida de Cristo en nosotros, de Él que es nuestro verdadero bien y que nos hace vivir bien! Nuestros jóvenes en la Comunidad experimentan un diálogo sereno, una amistad verdadera, limpia: ¡es algo posible, no sólo palabras . . . sino hechos reales! Y el más grande es que cada uno de ellos hizo la experiencia del amor, del bien, del perdón. . . ¡siempre partiendo desde Jesús, de la oración! Propusimos como primer valor a la oración porque no queríamos engañarlos, no queríamos ilusionarlos con el ‘pobre consuelo’ de cinco cigarrillos por día: ¡ni siquiera eso! ¡Ellos valen más y pueden ser más fuertes: más fuertes que los cigarrillos, más fuertes que el alcohol, más fuertes que el dinero, más fuertes que todo! Y esta fuerza es la fuerza del amor que nos dio Jesús llamándonos ‘amigos’. ¡Su amor se hace fuerza, libertad, alegría, diálogo, sonrisa, perdón, se hace verdadera amistad! Este amor lo veo en los ojos de los jóvenes y de muchas personas que redescubren el sentido de la vida en el encuentro con Jesús y con la sonrisa de María: es un amor fuerte, perseverante, que no descarta el sufrimiento, más bien cuando hay un dolor, un fracaso, una rabia . . .¡este amor crece! Crece porque supera lo negativo que nos hace mal, no queda el mal adentro sino que se puede transformar en un gesto de perdón, de distensión, de paz. Muchos de ustedes han hecho ya estos gestos. Entonces ya saben que el amor muchas veces tiene el rostro del sufrimiento, del dolor, de la sangre. Jesús fue el primero que nos lo mostró y nos enseñó a reconciliarnos, a perdonarnos los unos a los otros, a ser hombres y mujeres que buscan la paz, la verdadera, que no llega de los demás sino de adentro, sembrada por el Amor de Dios en Cristo Jesús que habita en lo profundo. Desgraciadamente, muchas veces por el orgullo, la prepotencia, el querer tener razón, nos hacemos mal, guardamos rencor, rabia, juzgamos. En lo que a mí respecta, aprendí a decirme: “. . .¡Elvira, no seas ‘viva’, pide perdón, reconcíliate!” Tengo que decírmelo por la parte negativa, de orgullo, que todos tenemos ¡pero qué felices si la vencemos con el amor! El amor que es paciencia, que es benevolencia, misericordia, silencio, escucha. Cuántas veces queremos justificarnos en seguida cuando deberíamos escuchar. Es así: espera, deja que el otro te diga todo ¡haz silencio! ¿Saben por qué muchas veces queremos responder inmediatamente frente a un reproche? Porque no tenemos paz, todavía tenemos muchos miedos. Sepan que el silencio es la palabra más eficaz. Si en serio quieres ayudarte a ti mismo y ayudar al hermano ¡déjalo hablar y haz silencio! El silencio te da paz interior. Luego de tres días que rezaste por él, tú vas y le hablas, y verás que no le dices todo lo que hubieras descargado antes, porque se lo hubieras dicho no con amor sino con rabia, por despecho, por orgullo herido! El silencio es un ejemplo concreto de lo que es el amor: son todas cosas bellísimas, pequeñas, simples, pero limpias, transparentes, que dan serenidad al alma, al corazón, dan la alegría de vivir. Son gestos grandiosos que reciben a la vida con todo lo que trae, también con el dolor. Porque la vida es bella si uno abraza todas sus páginas, sabiendo que Dios se manifestará, porque nos llamó “amigos”, dio la vida por nosotros y sigue dándola todos los días.
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