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La vida del hombre busca en la realidad que vive algo grande, verdadero, bello, limpio. También en nuestras relaciones humanas el corazón tiene esa búsqueda de grandeza. Lo que cada uno de nosotros busca es la amistad verdadera, una amistad grande. “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2,18); el mismo Señor nos creó con nostalgia de comunión, de amistad entre nosotros. Nos puso adentro el deseo profundo del bien, de comprensión, de saber amar, de recomenzar con alegría, de caminar juntos. La vida es bella, la vida verdadera se realiza en las pequeñas cosas. Nuestros jóvenes son felices porque se descubren buenos al obedecer la voz del corazón en las situaciones simples de todos los días. Cada uno de nosotros ha recibido el grandioso don de la conciencia que nos dice la verdad, que nos indica el camino de la bondad como el de la verdadera alegría. Y también cuando somos malos, lo podemos remediar, porque también allí la conciencia nos dice cómo remediarlo, cómo hacer: “¡Pide perdón!”. Es natural que todos nos equivoquemos, pero no tenemos que poner “trompa”, ni albergar rencor, odio, deseos de venganza. En el perdón dado y recibido de corazón, se derriban los muros que el mal genera entre nosotros para dividirnos. En nuestra Comunidad nos queremos y lo hacemos compartiendo nuestras pobrezas, porque todos nos equivocamos y ninguno está autorizado a señalar con el dedo. Cuando llegamos al Cenacolo ponemos en común nuestra pequeñez, no nos fijamos quién es más bueno, más inteligente, más trabajador. . . sino que ponemos en común lo que nos humilla, nuestros errores, nuestras pobrezas, nuestros fracasos, nuestras cruces y dejamos a Dios que nos anime, nos perdone, nos una haciendo de nosotros su familia. Cuántas traiciones sufrieron nuestros jóvenes, cuántas lágrimas derramaron a escondidas: allí nació el miedo, el mutismo, la soledad, la timidez, el silencio. Sin embargo, toda esa cantidad de “escombros”, esas ruinas interiores, pueden encontrar orden, vida, fuerza, armonía. Para hacer felices a los jóvenes sumergidos en la tristeza se necesita ayudarlos a encontrar lo que ellos verdaderamente buscan: la paz del corazón, la verdad sin máscaras, la fuerza para vivir el bien, la humildad, la paciencia recíproca, aprender a perdonar. . . en una palabra: la vida cristiana. En la Comunidad, nuestros jóvenes todos los días experimentan lo que significa el cansancio por el trabajo, la Misericordia de Dios, el amor, la verdadera amistad entre ellos, el respeto. Se han conocido y ayudado; uno le tendió la mano al otro, se sostienen mutuamente. Descubrieron que la vida no es solo la tristeza que ayer vivieron; hoy son jóvenes resucitados capaces de dar desinteresadamente el bien, jóvenes que se corrigen uno a otro en la verdad, que anhelan no hacer fracasar al hermano, que luchan a toda costa para evitar que el amigo retorne a las tinieblas del pasado. ¡Esto es la amistad! Y gracias a este camino, a veces transitado sin pensar, renace el amor por la vida. Aprendiendo a dar su vida a los otros, Dios les regala un renovado amor por su propia vida. Los jóvenes nos enseñan que la alegría que buscamos, nuestro verdadero bien, no es lo que nos exalta, lo que nos ensalza, lo que nos hace “grandes” a los ojos del mundo, sino ser hermanos y hermanas juntos en camino, amigos leales sin ambición de ascender, de llegar quién sabe dónde para descubrir que allí están solos y tristes! La verdadera felicidad está hecha de gestos simples, pequeños, cotidianos, que hacen estar bien el corazón y crean la verdadera comunión.
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