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El Señor quiso que en la Comunidad Cenacolo vivieran juntas varias realidades del Pueblo de Dios: le pertenecen los jóvenes que entran marcados por el sufrimiento de la droga, sus familias empeñadas en el difícil pero liberador camino de la conversión, las parejas que eligieron vivir en la Comunidad, los jóvenes voluntarios sirviendo en las fraternidades y en las misiones, y por último también nacieron los “hermanos” y las “hermanas”, a los que Dios llama para entregarse totalmente en esta obra Suya abrazando los consejos evangélicos. Pero es bello pensar que el origen, la fuente que nos une y de la que todos nacimos en nuestro camino de fe, es el Bautismo. Es la única y verdadera consagración profunda, real, grandiosa, que en sí mismo es potencia de vida, de transformación, de belleza , de libertad, de lo es la existencia cristiana. ¿Entonces quiénes somos los consagrados, que le dimos al Señor nuestra vida entera eligiendo la pobreza, la castidad, la obediencia y el servicio a los pobres? Somos los que hacen florecer los frutos de este don que recibimos. El Bautismo es libertad, esencialidad, simplicidad, confiar, creer. ¿Qué inventó el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia para concretar, para encarnar la fuerza y la belleza de este Sacramento? Nos suscitó a nosotros, que abrazando los consejos evangélicos revelamos los valores fundamentales de la vida de Jesús que nos fueron regalados en el Bautismo, y que todos los bautizados tienen que poder ver y conocer, descubrir y vivir, ayudados por nuestro testimonio vivo. ¡Lo específico de la vida consagrada es donar la vida para hacer brillar los frutos del Bautismo! El Señor nos eligió para ser algo más que “ sor” o “fraile”, para dar color, sabor y luz a la vida de todos, para saciar al mundo de esperanza. Nuestra “especialización”, nuestro deber, nuestra misión es ‘amar’ para despertar el amor en los hermanos y hermanas a los que servimos, para hacer correr a la Caridad por los caminos del mundo con los pies, el rostro, las manos y la sonrisa de todos. Queremos testimoniar al mundo que la pobreza es confiado abandono a la Providencia, descubrimiento de lo que verdaderamente cuenta, espacio infinito, libertad de servir, de partir; que la castidad es la belleza de un “sí” total, libre, sin condiciones, a Dios y a los hermanos, con una calidad de amor limpio y verdadero; que el servicio a los pobres es la verdadera alegría del corazón; que la obediencia es recibir en la fe como voluntad de Dios, lo que la vida nos pide a través de la palabra de los hermanos y de la historia. El mundo moderno propone un falso bienestar: la gente hoy tiene muchas necesidades y muchas pretensiones, depende de todo y nunca tiene suficiente. Los jóvenes de hoy no creen que para ser realmente libre debes saber obedecer, que la pobreza evangélica es la verdadera riqueza , que la pureza abre de par en par el horizonte del amor. Pero creen en la alegría, la buscan, se fascinan y creen en quien tiene los ojos luminosos y entusiastas porque ama con pureza, gratuidad y fidelidad. Fuimos llamados para anunciar que esta alegría verdadera está en la simplicidad, en el coraje del amor, para mostrar que cuando vives la vida abandonado a la fe es otra cosa: ¡es plenitud! Entonces nuestra vida alegre será el testimonio más auténtico de la belleza de la vida cristiana, será el anuncio más eficaz de la Buena Noticia, revelará a todos los frutos sabrosos del Sacramento del Bautismo.
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