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Ser misionero está dentro del corazón de cada creyente, es su tarea, su llamada, la urgencia de nuestra fe. ¡Pobres de nosotros si no lo hacemos! Sabiendo que la primera palabra es cómo vivimos nuestra vida. El servicio cristiano a la humanidad, hechos concretos gratuitos y desinteresados, extiende la presencia de Jesús y llega a todos los que están sufriendo, los que sufren la pobreza y la injusticia. Cuando enviamos los primeros siete jóvenes misioneros a Liberia, los invité a mirar todo lo que descubrirían con los ojos de un niño, con asombro. ¡Necesitamos sorprendernos! Mirar la vida no con ojos temerosos, pensando : “¡Quién sabe lo que me sucederá ahora!”, sino con ojos confiados. Los niños son así: miran la vida con esperanza, con el corazón abierto. En los primeros días de nuestra misión africana, en nuestros frecuentes traslados a pie de un lugar a otro, cuando pasábamos por las aldeas, los niños eran los primeros en acercarse a nuestros jóvenes, señalarlos, mirarlos. Uno tocaba a otro y decía: “White man! White man!” , “¡Hombre blanco, hombre blanco!” Luego, alguno lograba superar el miedo y venía a tocar. Tocaban las manos. . .y luego, al día siguiente, ya se animaban a “chocar los cinco”. Miraban a esos hombres blancos” con ojos llenos de sorpresa. Se necesita aprender a recibir lo que la vida nos da con el asombro y la alegría de descubrir lo que Dios prepara para nosotros todos los días. Esta es la fe, esta es la misión. El hombre, cuando cree, cuando recibe la vida con asombro, deja espacio para la bondad en su corazón. Cuando uno es bueno, muestra el rostro de Dios, lo sepa o no hace surgir de su corazón la imagen de Dios. La bondad es la semilla de Dios plantada en lo más profundo nuestro. Y la bondad toca los corazones. Hasta puedes ser enemigo, puedes ser un extraño, pero si tienes buen corazón, todos se dan cuenta. En las misiones, muchos le preguntan a nuestros chicos: “¡Pero ustedes quiénes son? ¿Qué hacen aquí? ¿Cuánto les pagan?” Cuando responden “Nada”, ¡no les creen! No creen que se pueda ser “hombres blancos”, jóvenes que sin ser sacerdotes, van al África o a América Latina, gratuitamente para hacer el bien, a vivir la bondad del corazón. Sin embargo les puedo testimoniar que desde hace años contemplo chicas y muchachos, que estaban destruidos por dentro y por fuera, transformarse en buenos, capaces de gestos de amor, capaces de dar gratuitamente; sin ningún interés , amar, servir, trabajar, sudar, fatigarse, rescatar su vida, que no estaba buena, mostrando que cuando el hombre encuentra a Dios sale de su corazón la mejor parte: la bondad. Que el Señor nos guíe en este camino, que acompañe a cada uno de nosotros, porque Dios desea que conozcamos la verdadera alegría, que vivamos una vida tranquila y serena, confiando en Él, que aprendamos a rezar y a dar, a realizar gestos generosos, a sembrar semillas de esperanza en la vida de la humanidad que nos rodea, para que florezca Dios, la esperanza, la luz, para que todos los hombres puedan ser salvados y conocer la verdad.
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