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A todos nos gusta recibir algo por correo, todos quisiéramos recibir una carta. Pues bien, Dios conoce nuestra nostalgia de ser amados, de ser recordados, nuestro deseo de entrar en el misterio de la vida, esa vida que a veces tiene muchos problemas. ¡Dios lo sabe, por eso se ocupa de enviarnos una “carta” todos los días! Recordemos que la Palabra de Dios es la “carta” de Su amor y Él nos la presenta todos los días. Pobres de nosotros si no nos acostumbramos: perderemos el sabor de la vida y todo lo demás, incluida la belleza de las relaciones humanas: ¡los demás jamás podrán colmar nuestra sed de amor! El verdadero amor brota del corazón de Dios y Él nos hace capaces de comprometernos sinceramente, de una entrega apasionada a las problemáticas del hermano, de compasión profunda, con oración más intensa, con verdadero sacrificio, renunciando al orgullo, a la comodidad. Al leer la “carta” que Dios, Padre, Creador, guía, luz nos manda cada día somos llevados por un camino luminoso tapizado con muchos mensajes para cada uno de nosotros, según la situación que estamos viviendo, encontramos la respuesta, la propuesta, la invitación. . .todo lo que deseamos recibir desde el punto de vista humano. Hay una antífona litúrgica que dice: “Ustedes son un pueblo redimido, anuncien las grandes obras del Señor que los ha llamado de las tinieblas a su admirable luz”. No dice: “. . .serán,. . . si se convierten. . .si son buenos. . .” sino que dice: “Ustedes son. . . ¡hoy!” Nosotros fuimos redimidos y estamos acompañados y sostenidos por Jesús, justamente por Su presencia en los Sacramentos y en la Palabra, entonces vayamos a anunciar las obras de Dios. Y es en ese anuncio que se transforma nuestra fe: de regla y concepto se hará persona viva, humanidad salvada, hechos concretos, existencia humana. ¡Aceptemos la invitación del Beato Juan Pablo II de contemplar a Jesús, Verbo hecho carne, Dios con nuestra humana naturaleza! Hagámonos el propósito de no perder la oportunidad, de aprovechar cada segundo para donar alguna cosa bella al mundo. Pidámosle siempre a la Virgen que interceda al Espíritu Santo por nosotros, para anunciar la obra del Señor con los labios, con la alegría. . .usemos la palabra para cosas verdaderas, para las cosas eternas, para anunciar la verdad de la vida. También se anuncia con la sonrisa, con el trabajo, con la manera de rezar. . . rezar ya es un anuncio, es decir a todos que mi vida busca algo más y lo busca en Él que es la fuente de todo, sentido y plenitud de la existencia. Por esto la Eucaristía nos permite vivir todos los días, porque es la oración, esa que nos realiza la vida, que produce efectos extraordinarios de sanación, de liberación, de salvación. Porque no es cualquier cosa, es la persona de Cristo, la Persona de Jesús viviente, por lo cual lleva toda la humanidad, a cada uno de nosotros y contemporáneamente toda la divinidad. La Eucaristía te arrastra a la necesidad de una oración constante, te atrae a una oración hecha con los ojos, con las manos, aunque estén sucias de barro porque estás trabajando en la huerta, a una oración que es tu vida misma, también en los momentos de cruz porque Él entregando su vida aceptó la muerte, al anonadamiento, la humillación y ahí esta justamente Su cuerpo, Su sangre que viene a mí, entra en mis venas. Él nos lo ofrece porque sabe que la vida, la historia se desarrolla a través de momentos de sufrimiento, de incomprensión, de confusión, de niebla, de dolor, de enfermedad, de engaño, de traición. Él lo sabe y se entregó para darnos la fuerza para llevar la cruz, pero también para darnos la alegría, la verdadera, la que vence al mundo, la alegría de adherir al proyecto del Padre para la salvación de todos. Tenemos que enamorarnos de la Eucaristía, regalo grandioso de Dios a la humanidad.
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