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¡Dios Provee!

Este año elegimos como lema para caminar juntos unidos en la fe el redescubrimiento del abandono con confianza en la Divina Providencia, que es uno de los pilares sobre los que se funda la Comunidad Cenacolo. Estoy muy feliz de poder testimoniar que desde los comienzos  confiamos en Dios porque la fe nos llevaba a no tener miedo, a cultivar la esperanza, la confianza y la paciencia con la certeza de que era Su obra y de que Él proveería mostrándonos paso a paso el camino . Para mí Él me daba mucha más garantía que todas las seguridades humanas.
Comprendí también que no teníamos que apuntar a las seguridades humanas que se nos ofrecían  desde el dinero del estado o de las cuotas de los padres, dispuestos a dar lo que se les pidiera con tal de sacar al hijo de la tóxico dependencia, de la desesperación. Me di cuenta de que les tenía que proponer el amor de Dios y confiar totalmente en Él. Para eso era necesario eliminar de nuestra vida la fácil dependencia de lo que hace a los hombres falsamente seguros: el dinero.
Cuando tienes dinero te sientes fuerte, más potente y a veces más prepotente, como eran los chicos cuando tenían mucho dinero en el bolsillo; pero su dinero era un fuerte llamado de la muerte. La Comunidad hizo entonces  una  importante elección de libertad: hasta los mismos jóvenes se asombraban de que para ser recibidos no tuvieran que pagar una cuota, que todo esto fuese gratuito.
Siempre les dije que la vida tenían que ganársela y reconstruírsela ellos mismos, arremangándose para trabajar, que nunca nadie más pagaría por ellos, que el poco de dignidad que había quedado viva en ellos debía resurgir a través del sacrificio. Pero la principal razón era demostrarles a los jóvenes que Dios verdaderamente existe: yo deseaba no sólo hablarles de Dios sino que ellos mismos pudieran ver y experimentar su paternidad concreta.  Le dije a Él: “¡Yo los recibo y los sirvo, pero Tú muéstrales qué Padre eres!”
Ese Dios Padre yo lo descubrí cuando era niña, aprendí a confiar en Él en medio de la pobreza más cruda, no había nada, y sin embargo mi madre a menudo repetía como una letanía: “¡Santa Cruz de Dios, no nos abandones!”  Nadie quiere sufrir, en cambio allí comprendí qué importante es aprender en la vida a vivir también la cruz como Providencia, porque  ella es nuestra madre y debemos amarla y abrazarla para vivir bien todo el resto.
Nos colocamos en la condición de  pobres porque deseamos atraer la Providencia y la Misericordia de Dios sobre nosotros. Lo que estaba comenzando, aunque para mí era incomprensible, era algo grande, bello, importante para ÉL, porque desde aquel momento Dios no dejó de asombrarme y en todos estos años, se los puedo testimoniar con alegría, ¡nunca, nunca nos desilusionó!

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