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Marzo

La Cuaresma es el tiempo especial que nos conduce al corazón de la Fe Cristiana, al momento de nuestra salvación: el Triduo Pascual de la muerte y Resurrección de Jesús. La Cuaresma  también es sumergirse en el dolor universal que vivió Jesús, un dolor que Él  aceptó amando y  lo transformó en instrumento de salvación para toda la humanidad. Es como si el dolor que todos ustedes también vivieron, su tristeza, su angustia. . .todo, se hubiera acumulado sobre la vida de Jesús.
El quiso  tomar para sí todos nuestros dolores justamente porque quiso darles significado, fuerza; y ese dolor se transformó en amor. Uno lo traicionó,  lo vendió, los otros se escaparon, lo dejaron solo. Fue perseguido desde el primer día de su nacimiento y siempre, aún durante su vida pública, vivió persecuciones, tuvo que escapar porque querían lapidarlo. . .tuvo que “tragar”, callar, sufrir. Jesús asumió todo el dolor de la humanidad caída en la tierra,  de la que cae ahora, de la que vivirá sobre la tierra. Debemos ser capaces de  responder a este amor.
El verdadero amor nace del dolor. Estoy segura que cada uno de nosotros hemos rezado más, hemos buscado más el amor y la vida cuando estábamos en crisis, tristes, sufriendo. Cada vez que sufrimos en la verdad, aprendemos a amar. Pero siempre con una condición: que no encontremos en seguida un “tacho de basura”, es decir, que cuando tenemos algo doloroso dentro, a causa de una desaprobación, una humillación, una corrección. . .lo vayamos a “tirar” sobre algún otro.
¿Cuándo aprenderemos a amar? Cuando seamos capaces de sufrir como Jesús. El dolor, el sufrimiento, los momentos oscuros, nos llegan a todos, pero recordemos que una vez superada la prueba, seremos más libres, más  fuertes, y sobretodo  más buenos. El amor verdadero no es cuando todos nos quieren mucho sino cuando nosotros elegimos querer mucho.  En cambio, cuando nos quejamos es como si ensuciáramos nuestra conciencia,  nos  debilitamos más, perdemos altura. Cuando alguno  se te acerca para quejarse de otro, debes tener el coraje de decirle: “Díselo a Jesús, yo no puedo hacer nada, solo te debilitaría.”  Porque a menudo nos decimos a nosotros mismos que sufrimos por esto. . .o aquello. . . ¡y no es así! Sufrimos porque  dejamos salir lo negativo, porque no supimos recibir una situación, una observación. En nuestra casa, ya lo saben, se aprende a mirar a los ojos a la persona interesada, pero antes  se necesita rezar tres días por ese hermano, por esa hermana, después, se va al encuentro pero con otro espíritu, con otra paz ¡con la conciencia de que yo no soy menos pobre y  frustrado que el otro!  Rezando por el hermano o la hermana, le permitimos a Dios que sea Él el que se ocupe de esa situación y si Dios habla al corazón de nuestro hermano, entonces él aprende mucho más y mejor que si nosotros le explicamos las cosas. Cuando se reza y se sufre llega el milagro porque pasa de tu corazón al Corazón de Jesús y del Corazón de Jesús al corazón de nuestro hermano.
Vivamos bien este tiempo de Cuaresma, como un tiempo precioso de oración; aprendamos a hablarle a Jesús en la oración, sin miedo, aunque con dolor, con verdad, porque solo así se amplía nuestra libertad  hasta llegar a ser un espacio infinito.
Si no rezamos queda el vacío, y después en ese vacío triste y oscuro caemos nosotros. En cambio la oración es paz, es alimento, es plenitud y nos hace vivir  en la luz, nos hace ampliar los horizontes, nos hace encontrar el Crucificado Resucitado que nuestro corazón espera  y busca en todas las alegrías de la vida.
¡Buena Cuaresma a cada uno de ustedes!

 

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