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Los Santos nos muestran el camino de la verdadera alegría, de la verdadera libertad. Son hombres y mujeres de cualquier época y de cualquier lugar que han hallado el tesoro de la vida: el encuentro con Dios. Vivir para Dios ha generado en ellos infinitas energías de caridad, intuiciones proféticas, gran fuerza en la oración y en el silencio, vidas dedicadas al bien. Nos testimonian que aunque la vida pasa, el amor con el cual uno la ha vivido queda para siempre como señal tangible, como memoria viva, de un encuentro transformador, y que convierte esa vida en un faro de luz para el camino de otros. Son nuestros hermanos y hermanas mayores, nuestros familiares, aquellos que pertenecen a la verdadera patria que nos espera, la vida eterna del Cielo, que es Amor sin horarios, sin fin, sin límites. Pero esta pertenencia al “Cielo” los ha hecho hombres y mujeres plenamente encarnados en la historia, con los pies sobre la “tierra”, con las manos listas para servir, con la espalda encorvada por servir y amar y con la mirada llena de esperanza. ¡Qué don tener frente a nosotros a tantos Santos que provienen de todos los lugares y ámbitos posibles! Ricos y pobres, hombres y mujeres, viejos y niños, religiosos, laicos y familias. Santos en la universidad y por la calle, en los hospitales y en los monasterios, en pueblos ricos y pobres, en las grandes ciudades y en los desiertos. Santos que han hecho grandes obras en la tierra y otros que han vivido la vida de manera simple, silenciosa y aparentemente insignificante. Pero fue una vida que a los ojos de Dios se reveló como “plena” y ha hecho de esos “pequeños” hombres y mujeres, grandes e inolvidables testimonios del Amor que han encontrado y vivido con una intensidad profunda. La santidad pertenece al corazón del cristiano, nos pertenece, es nuestro hábito, nuestra plena realización: es el camino del Amor que se hace don en la simplicidad de una vida que ha descubierto la plenitud. Los Santos nos guían en el camino de la vida y nos dicen que la vida, si no es entregada a Dios y a los hermanos, ¡se desperdicia! Nos anuncian con el testimonio de su vida que hay más alegría en el dar que en el recibir, ¡que el único sentido verdadero de la vida es Jesús!
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