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Noviembre

Los Santos nos muestran el camino de la verdadera alegría, de la verdadera libertad. Son hombres y mujeres de cualquier época y de cualquier lugar  que han  hallado  el tesoro de la vida: el encuentro con Dios. Vivir para Dios  ha generado en ellos infinitas energías de caridad, intuiciones proféticas, gran  fuerza en la  oración y en el  silencio, vidas dedicadas al bien.
Nos testimonian que aunque la vida pasa, el amor con el cual uno la ha vivido queda para siempre como señal tangible, como memoria viva, de un encuentro  transformador, y que convierte esa vida    en un faro de luz para el camino de otros.
Son nuestros hermanos y hermanas mayores, nuestros familiares, aquellos que pertenecen a la  verdadera patria que nos espera, la vida eterna del Cielo, que es Amor sin horarios, sin fin, sin límites. Pero esta pertenencia al “Cielo” los ha hecho  hombres y mujeres plenamente encarnados en la historia, con los pies sobre la “tierra”, con las manos listas para  servir, con la espalda encorvada  por servir y amar  y  con la mirada llena de esperanza.
¡Qué don tener  frente a  nosotros a tantos Santos  que provienen de todos los lugares y ámbitos posibles!  Ricos y pobres, hombres y mujeres, viejos y niños, religiosos, laicos y familias.
Santos en la universidad y por la calle, en los hospitales y en los monasterios, en pueblos ricos y pobres, en las grandes ciudades y en los  desiertos.
Santos que han hecho grandes obras  en la tierra y otros que han vivido la vida de manera simple, silenciosa y aparentemente insignificante.  Pero  fue una vida que a los ojos de Dios se reveló como “plena” y ha hecho de esos “pequeños” hombres y mujeres, grandes e inolvidables testimonios del Amor que han encontrado y vivido con una intensidad profunda.
La santidad pertenece al corazón del cristiano, nos pertenece, es nuestro hábito, nuestra plena realización: es el camino del Amor que se hace don en la simplicidad de una vida que ha descubierto la plenitud.
Los Santos nos guían en el camino de la vida y nos dicen que la vida, si no es  entregada  a Dios y a los hermanos, ¡se desperdicia! Nos anuncian con el testimonio de su vida que hay más alegría en el dar que en el  recibir, ¡que el único sentido verdadero de la vida es Jesús!

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