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Nacimos del Amor y fuimos creados para amar, para vivir la compasión, la ternura, la paz, la voluntad de hacer el bien…
Es así como somos: llevamos dentro la fragilidad del pecado, pero también la belleza de ser hijos de Dios; en nuestro pobre corazón también hay un poco del corazón, de la bondad y de la misericordia de Dios, nuestro Padre.
Todo cambiaría dentro de nosotros y también en nuestras relaciones, si comenzáramos a vivir nuestra verdadera identidad, si desarrolláramos lo que verdaderamente somos.
En la vida, a menudo nos alteramos porque nos mirábamos uno al otro y nunca nos miramos por dentro para darnos cuenta de que somos buenos, que somos generosos, amantes de la vida. Estas son verdades, pero decimos: “¿Cómo logro ser bueno, perdonar? Sí, lo puedes lograr, y lo puedes lograr porque está la presencia de Dios dentro tuyo. Debemos sacarnos de encima el hombre viejo, debemos tener el coraje de vivir la verdad de la vida y no la falsedad de las cosas: tu vida es importante, tu vida te dará muchas satisfacciones, de las alegrías increíbles se aprende a donarla.
Es bello poder servir: nuestra Comunidad es una escuela de vida que se renueva porque no somos todos los días siempre iguales, debemos aprender a escuchar la voz de nuestra vida cada día, porque cada día es una novedad. El Espíritu Santo constantemente está creando; hay una oración que dice: “¡Espíritu Santo renueva la faz de la tierra!”
Debemos estar atentos para percibir el paso del Espíritu en lo cotidiano; cada día es un día nuevo, un día vivo, con sus nuevos colores, como dice nuestra canción “Revestidos de Luz”, nacida del corazón de un joven de la Comunidad que supo poner música a las palabras de lo que sucede dentro nuestro si nos abrimos en serio al encuentro con Dios Padre.
Somos capaces de amar y es bello amar, sin esperar ni pretender que los demás nos amen: no, debes ser el primero en amar, en perdonar, en animar, en servir…y entonces te sientes un hombre libre, nuevo, realizado.
Los santos nos testimonian que aunque la vida pase, el amor con que uno la vivió queda para siempre como señal tangible, como memoria viva de un encuentro capaz de transformar la vida y hacerla un rayo de luz para todos.
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