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A veces algún joven me dice: “Pero yo no veo ni siento ese Dios vivo que resucitó del que ustedes hablan.” Me lo dicen con un aire de desafío pero con una mezcla de tristeza y deseo en el rostro, casi concientes de que tienen necesidad de ver, de tocar , de sentir el Dios vivo para vivir también ellos.
Mi respuesta es preguntarles si le abrieron la puerta, si en algún momento de intimidad le dijeron: “¡Señor, te necesito!”
La puerta del corazón tiene un solo picaporte, del lado de adentro y sólo nosotros podemos abrirle al que golpea, que desea entrar para hacernos felices, para que nuestra alegría sea completa. Si Él entra, luego de un largo invierno, comienza la primavera: el corazón se abre de par en par en una bella sonrisa.
Siempre les digo a los jóvenes que lo primero que debemos hacer cuando nos despertamos a la mañana es una gran sonrisa a nuestra vida, ese regalo estupendo del que nos tenemos que enamorar: la vida que nos regala un nuevo día. Así el sol entra por las paredes de tu corazón e ilumina todo. ¿Por qué llorar? Terminó el tiempo de la oscuridad, de la tristeza, de la desesperación, del miedo: Jesús resucitó y no nos deja solos, nos da el Espíritu Santo que es el Amor con el que el Padre lo ama y con el que Él nos amó.
A veces nos preguntamos: “¿El amor, dónde está? ¿Qué es?”
El amor es un camino de muchos pasos que envuelve todo nuestro ser: debemos entrar en este sendero del amor y comenzar a caminar en el perdón, en la bondad, en la misericordia, en la paciencia…
El amor comienza en la cabeza, en un pensamiento transparente, fresco y limpio; después están los ojos, que deben hablar de esperanza, de alegría, de lo positivo; las orejas deben escuchar de un modo nuevo; la boca para sonreír y dar coraje en la vida, para vivir un silencio de paz que sana nuestras reacciones instintivas y que habla más que muchas palabras… luego toda nuestra vida aprende la novedad de un lenguaje hecho de gestos auténticos, y gratuitos.
Cuántos santos tuvieron el coraje de cambiar: personas que tenían mucha violencia interior, se volvieron dulcísimas, mansas, silenciosas, porque dejaron trabajar al Espíritu Santo en ellas. Mirando hacia ellas podemos decir que el amor existe, que el Espíritu Santo no es un fantasma sino una presencia viva que nos transforma realmente.
Siempre me imagino al Espíritu Santo como un niño bueno y vivaz, lleno de fantasía y de vida, que siempre inventa muchas cosas bellas, nuevas, reales, una después de la otra: es al Amor. Y para encontrar a este niño es necesario inclinarse, hacernos niños también nosotros: por eso a nuestros jóvenes les proponemos “las rodillas” en la oración, para reconocerse pequeños y necesitados, para encontrar la Verdad del Amor. Sin este encuentro no somos capaces de gestos humanos auténticos: ni de sonreír ni de llorar, ni de gestos de bondad ni de misericordia, de paciencia, de paz.
Dejémonos invadir de esta luz, de este fuego, de este amor, de su presencia: todo lo que necesitamos es el Espíritu Santo.
Él es el dador de dones y desea hacernos regalos extraordinarios: desea lograr la transformación de nuestro corazón, de nuestro pasado, quiere sanar las raíces profundas de las que venimos para darnos la paz con nosotros mismos.
Invoquémoslo con insistencia: Él, que descendió sobre María y los Apóstoles, descienda sobre nosotros y nos vuelva hombres y mujeres nuevos, resucitados con Cristo.
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