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Mayo

El mes de mayo está justo en el tiempo de la explosión de la primavera: estamos en medio del despertar alegre de la naturaleza, en la belleza de la creación que abraza a la humanidad con flores, colores, el verde, el azul, el sol...

El mes de mayo es el mes de María, que fue la primavera de Dios, la primicia de la humanidad nueva regenerada por el Amor de Dios. Su “Aquí estoy”, su docilidad al Espíritu Santo nos devolvió la esperanza viva, la alegría verdadera en medio nuestro.

También nosotros hoy debemos dejar espacio al Espíritu Santo: ¡Abrámosle las puertas! Tenemos necesidad del amor y lo buscamos, pero el amor está dentro nuestro, porque fuimos creados a imagen de Dios: nosotros somos amor, estamos inmersos en el Espíritu de Amor.

Lo creemos con María, como María, por María, que fue la dócil esclava del Espíritu Santo. Con Ella digámosle a Dios: “Que se haga en mí según tu Palabra”. María pasa con discreción en medio nuestro, con humildad, en silencio y recoge todos nuestros deseos y necesidades, los lleva en su corazón y reza con nosotros y por nosotros.

La Virgen nos enseña que todo es posible para el que cree, ¡que nada es imposible para Dios! En tantos años viviendo con los jóvenes y con los pobres nos dimos cuenta que para vivir con salud, con alegría, con amistad, hay que hacer una sola cosa: vivir el amor, decirlo, cantarlo. No hay una actitud más importante y potente que el amor, el amor que nace de la verdad: por eso a nuestros jóvenes les proponemos las “rodillas”. Arrodillarse  en la oración para encontrar la Verdad del Amor, que es Jesús. Sin ese encuentro no somos capaces ni de sonreir, ni de llorar, ni de gestos de bondad, de misericordia, de paciencia, de luz.

          Este año el mes de mayo  concluye con la Solemnidad de Pentecostés, Fiesta del descenso del Espíritu Santo en el Cenáculo: ¡estamos en el tiempo del Espíritu Santo! Por eso dejémonos invadir por esta luz, por este fuego, por este amor, por su presencia: todo lo que necesitamos es el Espíritu Santo. Él es el dador de los dones y quiere hacernos regalos extraordinarios: quiere obrar la transformación de nuestro corazón, de nuestro pasado, quiere sanar de raíz las heridas  profundas de las que venimos para darnos la paz  interior.

 Invoquémosle en este tiempo con insistencia: Él, que descendió sobre María y los Apóstoles, descienda sobre nosotros y nos haga hombres y mujeres nuevos, resucitados con Cristo.

 Ven Espíritu Santo, necesitamos ser animados por tu fuego.
Manda tu luz a esas “zonas” oscuras y vacías que tenemos todavía dentro nuestro porque queremos ser mujeres y hombres serenos, en paz, confiados, capaces de sonreir, de hablar, de dialogar, de pedir perdón.
          Ven, porque sólo Tú puedes entrar y despertar en nosotros la nostalgia del bien, la necesidad del encuentro vivo contigo. 
          Ven Espíritu Santo, ¡Ven a nosotros por María!

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