|
La nuestra es una Comunidad misionera porque propone desprenderse del egoísmo para llegar a la alegría que nace de la entrega de sí mismo hacia los demás. Es importante puntualizar el por qué nuestros jóvenes parten para el Brasil, México, Perú, Rusia y Argentina. Ellos van a realizar una misión y no para una experiencia: los pobres no están para mirarlos con curiosidad sino para servirlos con amor. Misión es sinónimo de bien, de libertad, de gratitud. Hay que ser capaz de dejarlo todo: padre, madre, amigos, hermanos, hermanas, casa y disponerse sobre el camino misionero, que es don de sí a los demás. En Comunidad enseñamos a los jóvenes a deshacerse del frenesí del tomar siempre, de recibir solamente, de engordar en nuestras seguridades, de permanecer cómodos en nuestros placeres; esto es esclavitud, son cadenas, cárceles. Los chicos que han entendido el secreto de la Comunidad, que es la verdadera alegría, son los que no están contentos hasta que no se han dicho a ellos mismos: “Lo que he recibido quiero restituirlo, entregarlo a los más necesitados”. Son ellos los que tienden la mano a los que aún están heridos, es el amor de ellos el que permite a otros jóvenes descubrir una vida nueva. Nosotros sabemos que el Señor es Aquel que genera la vida y es una gracia para nosotros poder ser los pequeños, simples, pobres, y frágiles instrumentos que Él usa para dar esperanza a otros jóvenes. Conociendo nuestro pasado y quienes éramos, somos conscientes de que no somos nosotros los que provocamos este cambio , sino que es obra de Quien nos ha creado, pensado, querido y amado, que es Dios Padre. Siempre he creído que también los jóvenes “desesperados” debían tener la posibilidad de encontrar, conocer y entender a aquel Padre que sana el corazón del hombre, el corazón del propio hijo y lo hace capaz de amar. Por todo esto continuaremos diciendo “sí” a la vida allí donde Él quiera y desee conducirnos. La primera misión que el Señor nos pide es hacerle espacio en nosotros para que El pueda liberarnos de los miedos porque detenerse frente a los miedos significa construirse la propia cárcel. Entonces es el momento en el que se necesita tener el coraje de "abrir la puerta" y emprender este viaje misionero para interesarse, sufrir y dejarse involucrar en la vida y en los problemas de los demás, en la soledad, en la pobreza, en las crisis, reencontrándonos a nosotros mismos en el amor. Un joven que no es capaz de desprenderse de sus límites, de sus miedos, de su orgullo y su egoísmo, permanecerá siempre ligado a su pasado de tristeza y no gustará la belleza de la libertad y de la vida entregada. Pero para realizar este camino de conversión desde mí al hermano, se necesita ser decididos, quererlo todos los días, ser constante y tener el coraje de pedir ayuda a Dios que a través de la oración, nos vuelve buenos, puros y capaces de amar fielmente. Si no se crea un diálogo con Dios, una amistad con Él, el amor es una ilusión que oculta interés, gratificación y egoísmo. El amor verdadero busca la felicidad de los demás y te hace vivir en la verdad y la luz. Los chicos que regresan de las misiones vienen fortificados en todos los frentes: el de la paciencia, de la bondad, de la misericordia… pero sobre todo habrán recibido más de lo que hayan dado ayudando a los demás, porque ¡cuando das con alegría recibes centuplicado lo poco que has dado! ¡Feliz misión a todos!
Imprimir esta página
|