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Marzo

            Los verdaderos pobres son los que aún no encontraron el amor, la paz, la fe. Hay mucha gente que  se  cree  rica porque tienen  casas importantes y cosas, pero son los más pobres: lo que necesitamos es la verdadera riqueza que nace del encuentro con Dios Aunque no tengas abrigo, ni zapatos, ni nada. . . tienes la esperanza en el corazón. Entonces se puede caminar descalzo sobre las piedras  y se aguanta, porque llevas entre tus manos el único tesoro verdadero, la vida  misma.

             Cuando comenzamos con la Comunidad la única riqueza que teníamos era la pobreza, que  transformó nuestros bolsillos vacíos en un corazón    valiente ,  lleno de confianza en  la Providencia, en Dios nuestro Padre.  Descubrimos que  nuestro Dios no puede  mirar  más arriba,  sino que su mirada está siempre vuelta hacia abajo, hacia nosotros, y cuando tenemos el coraje de alzar la vista, finalmente, se unen  nuestras vidas. La verdadera riqueza es encontrar al Señor: ¡No hace  falta nada más! 

            A veces la vida nos pide alguna renuncia,  se presenta alguna dificultad, luchas, sufrimientos, pero no importa. En los momentos de “ayuno” y de “desierto” se descubre que lo que cuenta no son las cosas sino lo que uno es,  no nos sentimos más solos, no tenemos más miedo… 

            La verdadera riqueza de la vida no es  tomar sino dar. Te sientes realizado en el amar, en el perdonar, en el dialogar, en el sonreír, en el servir. En todo el bien que podamos hacer cada día: ahí está nuestra riqueza. Es hermoso, por ejemplo, descubrir los ojos y decidir tenerlos limpios, transparentes, despiertos, penetrantes, ojos que ven porque aman. Muchas veces miramos pero no vemos: el egoísmo nos hace ciegos. El que no sonríe, que no puede comunicarse, es pobre, pobrísimo; es más que pobreza, es miseria porque no tiene amigos, no ve ni sirve a nadie, piensa sólo en sí mismo, está triste y solo. El que vive sin Dios y no sabe amar es el pobre, el “  rotoso”. 

Pero somos hijos de un Padre que nos regaló la fe, la esperanza, el amor, el coraje de  jugarnos por el bien. . . Cuando lo encontramos a Él y le abrimos la puerta del corazón, nos volvemos la persona más rica del mundo porque lo que el Señor nos da lo recibimos en la fe, somos partícipes. Desde ese momento se empieza a vivir la vida en plenitud, aunque haya cruz, enfermedad, humillación. Cuando no nos queda nada todavía nos queda la vida, nuestra vida: ¡es lo único que no termina!

 Encontremos el tiempo para hablar con Jesús en la oración, sin miedo, con la verdad , pues sólo así  nuestra libertad se abre  en un espacio infinito.

 Si no rezamos permanece el vacío, somos arrastrados a caer  nosotros  en ese vacío triste y oscuro . En cambio, la oración   es paz, alimento, plenitud, nos hace vivir en la luz, nos amplía el horizonte, nos hace capaces de hablar con amor, que es la voz más grande de la oración.

 A los niños no les gusta la oscuridad y  a muchos adultos nos da miedo la  noche. La oración bien hecha  ilumina día y noche. Estamos hechos para la luz, somos hijos de la Resurrección.

¡Buena Pascua para todos!

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