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Los verdaderos pobres son los que aún no encontraron el amor, la paz, la fe. Hay mucha gente que se cree rica porque tienen casas importantes y cosas, pero son los más pobres: lo que necesitamos es la verdadera riqueza que nace del encuentro con Dios Aunque no tengas abrigo, ni zapatos, ni nada. . . tienes la esperanza en el corazón. Entonces se puede caminar descalzo sobre las piedras y se aguanta, porque llevas entre tus manos el único tesoro verdadero, la vida misma.
Cuando comenzamos con la Comunidad la única riqueza que teníamos era la pobreza, que transformó nuestros bolsillos vacíos en un corazón valiente , lleno de confianza en la Providencia, en Dios nuestro Padre. Descubrimos que nuestro Dios no puede mirar más arriba, sino que su mirada está siempre vuelta hacia abajo, hacia nosotros, y cuando tenemos el coraje de alzar la vista, finalmente, se unen nuestras vidas. La verdadera riqueza es encontrar al Señor: ¡No hace falta nada más!
A veces la vida nos pide alguna renuncia, se presenta alguna dificultad, luchas, sufrimientos, pero no importa. En los momentos de “ayuno” y de “desierto” se descubre que lo que cuenta no son las cosas sino lo que uno es, no nos sentimos más solos, no tenemos más miedo…
La verdadera riqueza de la vida no es tomar sino dar. Te sientes realizado en el amar, en el perdonar, en el dialogar, en el sonreír, en el servir. En todo el bien que podamos hacer cada día: ahí está nuestra riqueza. Es hermoso, por ejemplo, descubrir los ojos y decidir tenerlos limpios, transparentes, despiertos, penetrantes, ojos que ven porque aman. Muchas veces miramos pero no vemos: el egoísmo nos hace ciegos. El que no sonríe, que no puede comunicarse, es pobre, pobrísimo; es más que pobreza, es miseria porque no tiene amigos, no ve ni sirve a nadie, piensa sólo en sí mismo, está triste y solo. El que vive sin Dios y no sabe amar es el pobre, el “ rotoso”.
Pero somos hijos de un Padre que nos regaló la fe, la esperanza, el amor, el coraje de jugarnos por el bien. . . Cuando lo encontramos a Él y le abrimos la puerta del corazón, nos volvemos la persona más rica del mundo porque lo que el Señor nos da lo recibimos en la fe, somos partícipes. Desde ese momento se empieza a vivir la vida en plenitud, aunque haya cruz, enfermedad, humillación. Cuando no nos queda nada todavía nos queda la vida, nuestra vida: ¡es lo único que no termina!
Encontremos el tiempo para hablar con Jesús en la oración, sin miedo, con la verdad , pues sólo así nuestra libertad se abre en un espacio infinito.
Si no rezamos permanece el vacío, somos arrastrados a caer nosotros en ese vacío triste y oscuro . En cambio, la oración es paz, alimento, plenitud, nos hace vivir en la luz, nos amplía el horizonte, nos hace capaces de hablar con amor, que es la voz más grande de la oración.
A los niños no les gusta la oscuridad y a muchos adultos nos da miedo la noche. La oración bien hecha ilumina día y noche. Estamos hechos para la luz, somos hijos de la Resurrección.
¡Buena Pascua para todos!
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