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En este último tiempo que pasé en las misiones me encontré con muchas personas: tantos rostros y miradas que aún se confunden en mi mente, que me cuesta recordarlos pero que los siento presentes en mí. 
Rostros de jóvenes felices de dar la vida con generosidad y otros tristes porque están atados por el egoísmo de quien sólo piensa en sí. Rostros de niños marcados por el sufrimiento del abandono pero también llenos de esperanza y de alegría auténtica; miradas sufrientes de familias que llevan la cruz de hijos perdidos en el mal y de otras resucitadas junto a ellos después del calvario de la droga, hoy plenos de gratitud y de esperanza.
Rostros de gente pobre, condenada a la miseria, marcados por las arrugas profundas del sufrimiento de quien cada día lucha para sobrevivir, y rostros de gente rica para el mundo pero con frecuencia pobres de esperanza y de vida verdadera.
Llevo en el corazón los ojos de los niños que observan, interrogan, los ojos de los adolescentes que desafían, que siguen cada uno de tus pasos, buscando la posibilidad y la seguridad de una vida verdadera en tu coherencia, en tu vida hecha de gestos que dan consistencia a las palabras; ojos de padres sedientos de perdón, de calor humano, de consuelo y de esperanza.
Es hermoso pensar que también tú, Señor, tomaste un rostro humano y una mirada en Jesús Niño, has tomado nuestra humanidad hasta el fondo, la viviste y la salvaste. También fuiste niño y después adolescente, joven, hombre . . . tus ojos han interrogado, amado, aliviado, sanado, acariciado los sufrimientos de la humanidad: hombres y mujeres, niños y jóvenes, ricos y pobres, creyentes o no, te han encontrado.
Por el milagro de tu encarnación en cada hombre está tu rostro, en cada mirada, tus ojos. Hay algo tuyo en nosotros y en todos los que encontramos. Hiciste tuyas todas las experiencias de nuestra vida: desde el primer llanto en Belén hasta el último respiro sobre la cruz, todo lo nuestro te pertenece. Tu rostro ha reído y llorado, ha amado con ternura y ha levantado la voz, ha hablado y ha callado, ha sido penetrado por el dolor y la angustia de la cruz, pero también se ha iluminado y transfigurado por la luz de la resurrección.
Es contemplando tu rostro, como María y José en la gruta de Belén, como los pastores y los magos, que también se renueva el nuestro por la certeza de que Dios está con nosotros.
“Yo busco tu rostro, Señor, no me escondas tu rostro.” En Belén, Señor, tu rostro finalmente se revela. Te podemos ver, encontrar, seguir. Habitas en nuestra humanidad, cada hombre te lleva misteriosamente dentro: tu rostro es el amor. Ayúdanos a ser conscientes y dignos de tu presencia, haznos servir y amar a los hermanos porque en el amor tu rostro renace y vence la muerte. Cuando te encontramos todo cambia, se renueva, nada es como antes, somos hombres y mujeres nuevos, con el rostro sereno y los ojos luminosos.
¡Contemplándote, Jesús, nos reencontramos nosotros mismos!
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