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El verdadero creyente se hace apóstol con el testimonio de su propia existencia al servicio de Aquel que fue el primer misionero, Aque l que sirvió, amó y entregó la propia vida por nosotros: Jesús de Nazaret.
La misión está dentro del corazón y de la historia de cada creyente, es la tarea, la llamada, la urgencia grabada en nuestra fe. “¡Ay de nosotros! si no evangelizamos”, sabiendo que la primera palabra evangelizadora es nuestra vida.
El servicio de los cristianos a la humanidad, concreto, gratuito y desinteresado, se extiende y hace llegar a Jesús todos los que están mal, en el sufrimiento, la pobreza, la injusticia. El creyente se vuelve testimonio concreto en todas las dimensiones de su vida: su fe se hace acción, entrega , servicio total ; sólo somos ricos cuando damos, cuando pensamos y nos ocupamos de personas que esperan algo de nosotros.
Si somos creyentes, si hemos conocido a Jesús, sólo debemos agradecer: es una fortuna, un privilegio inmerecido el estar donde estamos y el tener lo que tenemos, y no es un don sólo para nosotros, sino para compartir. ¡Lo que Dios nos da, es para donarlo!
Pensemos en África y en muchas otras partes del mundo pobres y humilladas: no podemos hacer esperar a todos estos hermanos y hermanas nuestros, porque todos somos hijos de un único Padre que desea que no le falte lo necesario a nadie.
¡Esto sería posible si no fuera por los egoísmos, las ambiciones, las injusticias de muchos de nosotros!
¿Cómo se hace para creer en un Dios que se entregó totalmente hasta dejarse crucificar y por otra parte aceptar que muchos niños no tengan un trozo de pan, un puñado de arroz? ¡No podemos decir que somos buenos y que vivimos bien nuestro “cristianismo” mientras haya muchas personas que lloran, que tienen hambre, que viven el sufrimiento de no tener lo necesario para vivir! Si no hay respeto, si no hay amor por el hermano no podemos hablar de un cristianismo verdadero.
Si la vida de Jesús Resucitado está en nosotros ¿cómo podemos dormir tranquilos sabiendo que muchas de las cruces que nuestros hermanos cargan las hemos generado nosotros, con nuestros egoísmos?
Tenemos que ser creyentes empeñados en una conversión verdadera, luchando contra el egoísmo que habita y sofoca nuestro corazón.
Por otra parte, los pobres no sólo tienen hambre de pan, de arroz, de justicia, de que las “cosas” sean repartidas en forma equitativa; tienen, como todo hombre, un hambre más profunda: de Dios, de paz, de perdón.
Nosotros, que vivimos en la parte del mundo que tiene todo, sabemos que ese “todo” no basta para tener serenidad, confianza, esperanza, alegría en nuestras vidas. Tenemos todo, pero a menudo estamos profundamente tristes por dentro.
Entonces, al darle a nuestros hermanos el pan, lo “necesario”, Dios nos quiere hacer descubrir un “regalo” más grande: que la alegría de la vida no depende de las cosas que están fuera de nosotros, sino del encuentro con Él en nuestro corazón , que nos ha creado, deseado, amado desde siempre y que pone en nosotros la voluntad de amar, de servir, de compartir.
Un gran deseo de felicidad y ¡gracias! a todos nuestros misioneros: para nosotros son un ejemplo concreto porque saben salir de sí mismos para entrar en el misterio del dolor del otro, sobretodo de quienes esperan bondad de parte nuestra, que nos profesamos cristianos.
Que María, Madre y Reina de las Misiones, les dé a todos el deseo y la convicción que sólo en nuestra entrega a los hermanos, llegaremos a ser personas libres y realizadas, porque quien sirve a la humanidad, al prójimo, a la familia, a los hijos, a la gente que encuentra por la calle…quien se pone en escucha y al servicio de los demás, siente dentro la verdadera dignidad de ser hijos de Dios, la verdadera realeza que nos habita desde el Bautismo.
¡Seamos “reyes”, seamos “reinas”, porque servir quiere decir reinar!
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