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Octubre

El verdadero creyente  se hace apóstol con el testimonio de  su propia existencia  al servicio de Aquel que  fue  el primer misionero, Aquel que sirvió, amó y  entregó  la propia vida por nosotros: Jesús de Nazaret.

        La misión está dentro del corazón y  de la historia de cada creyente, es la tarea, la llamada, la urgencia  grabada en  nuestra fe. “¡Ay  de nosotros!  si no evangelizamos”, sabiendo que la primera palabra evangelizadora  es   nuestra vida.

El servicio de los cristianos a la humanidad, concreto, gratuito y desinteresado,  se extiende  y hace  llegar  a Jesús  todos  los que están mal, en el sufrimiento,  la pobreza,  la injusticia. El creyente se vuelve testimonio concreto en todas las  dimensiones de  su vida: su fe se hace acción, entrega , servicio total ;  sólo somos ricos  cuando damos, cuando pensamos y nos ocupamos de  personas que   esperan algo de nosotros.

Si  somos creyentes, si hemos conocido a Jesús,  sólo debemos  agradecer: es una fortuna, un privilegio inmerecido el estar donde estamos y el tener lo que tenemos, y no es un don sólo para nosotros, sino para compartir. ¡Lo que Dios nos da, es para donarlo!

Pensemos en África y  en  muchas otras  partes del mundo pobres y humilladas: no podemos hacer esperar  a todos estos  hermanos y hermanas nuestros, porque todos somos hijos de un único Padre que desea que no le falte lo necesario a nadie.

¡Esto sería posible si no fuera por los egoísmos, las ambiciones, las injusticias de muchos de nosotros!

¿Cómo se hace para creer en un Dios que se entregó totalmente  hasta dejarse crucificar  y por otra parte  aceptar  que muchos  niños no tengan un trozo de pan, un puñado de arroz?  ¡No podemos decir que somos buenos y que vivimos bien  nuestro “cristianismo”  mientras haya muchas  personas que lloran, que tienen hambre, que viven el sufrimiento de no tener lo necesario para vivir!  Si no hay respeto, si no hay amor por el hermano no podemos hablar de un cristianismo verdadero.

Si  la vida de Jesús Resucitado está  en nosotros ¿cómo podemos dormir tranquilos sabiendo que  muchas de las cruces que nuestros hermanos cargan   las hemos generado nosotros, con nuestros egoísmos?

Tenemos que ser creyentes  empeñados  en una conversión verdadera, luchando contra el egoísmo que habita y sofoca nuestro corazón.

Por otra parte,  los pobres no sólo  tienen hambre de pan, de arroz, de  justicia, de que  las “cosas” sean repartidas en forma equitativa; tienen, como todo hombre, un hambre más profunda:  de Dios, de paz, de perdón.

Nosotros, que vivimos en la parte del mundo que tiene todo, sabemos que ese “todo” no basta para tener serenidad, confianza, esperanza, alegría  en nuestras vidas. Tenemos todo, pero a menudo  estamos profundamente tristes por dentro.

Entonces,  al darle a nuestros hermanos  el pan,  lo “necesario”,   Dios nos quiere hacer descubrir un “regalo” más grande: que la alegría de la vida no depende  de las cosas que están fuera de nosotros, sino del  encuentro con Él en  nuestro corazón ,  que nos ha creado, deseado, amado desde siempre  y que pone en nosotros la voluntad de amar, de servir, de compartir.

Un gran deseo de felicidad y  ¡gracias!  a todos nuestros  misioneros:  para nosotros son  un ejemplo concreto porque saben salir de sí mismos para entrar en el misterio del dolor del otro, sobretodo de quienes  esperan  bondad de parte nuestra, que nos profesamos cristianos.

Que María, Madre y Reina de las Misiones,  les dé a todos el deseo y la convicción que sólo en  nuestra entrega  a los hermanos,  llegaremos a ser  personas libres y realizadas, porque quien sirve a la humanidad, al prójimo, a la familia, a los hijos, a la gente que encuentra por la calle…quien se pone en escucha y al servicio de los demás, siente dentro  la verdadera dignidad de  ser hijos de Dios, la verdadera realeza que nos habita desde el Bautismo.

¡Seamos  “reyes”, seamos  “reinas”, porque servir quiere decir reinar!

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