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Los proyectos de los hombres, comenzando por los míos, tienden a excluir, a cerrar, a alcanzar aquella paz que algunas veces nos hace vivir como en cementerios. Los proyectos de Dios, sin embargo, nos imponen el riesgo, la aventura. Todos cuando emprendemos un camino tenemos proyectos humanos, naturales, tamb ién bonitos, pero nosotros somos testimonios de que, viviendo de los proyectos que nosotros hacemos, precipitamos en el fracaso. Dios está ampliando nuestro camino y aquello que estamos viviendo no ha quedado como un proyectito humano, ya que nos hemos confiado y abandonado al proyecto de Dios, que quiere salvar a sus hijos a cualquier precio. Hay gente que va a la fuente de una riqueza inmensa, que es vida verdadera, paz concreta, seguridad de futuro, pero se conforma con ir allí con un vasito pequeño con el cual no podrá jamás calmar la sed. La Comunidad quiere demostrarles que quien confía en Dios vence en calidad de vida, en potencialidad, en espesor de vida, en seguridad. Seguramente todos tenemos proyectos en mente y es justo que así sea, pero no cometamos el error de permanecer convencidos de aquello que solo programamos nosotros, de aquello que queremos nosotros, porque Dios te dice: “Conmigo tú puedes obrar milagros” y yo los estoy contemplando. Donde quiera que yo vaya, en las fraternidades de nuestra Comunidad, contemplo el asombro del don de la vida. Seguramente si quieres amar, debes renunciar a tus proyectos inmediatos y a tus comodidades, porque sin la cruz no es verdad que amas. No amarás a la mujer que da la vida por ti, que renuncia a todo para estar contigo; no amarás tampoco a tus niños que esperan una sonrisa, una palabra, si tú no tienes tiempo porque tienes que escuchar y realizar tus proyectitos. El amor verdadero pasa siempre a través de una renuncia, de un sacrificio; entonces aquel sacrificio se convierte en amor concreto. Si tú eres capaz de ser un instrumento en las manos de Dios, si tú tienes la confianza, el amor y la paciencia de acoger su proyecto sobre ti, Él te restituye aquello que le has dado, centuplicado. El Reino de los cielos está ya en medio de nosotros, porque no está separado del reino de la tierra. El bien que hacemos es un bien que permanece para siempre. Esto es lo que he experimentado. Se ha abierto un camino delante de mí que se ha convertido en una realidad que no se logra más aferrar; ha llegado a tener las dimensiones del amor de Dios. Quien confía en Él no quedará encerrado en la jaula de su “proyectito”. He visto a jóvenes que se han construido una jaula con sus propias manos y luego se han precipitado en la desesperación. Piensen si una mujer pobre de fuerzas, pobre de inteligencia, pobre de capacidades humanas como yo, podía pensar que este camino se abriría así. Dios me ha dado la fuerza de tener la paciencia de seguir aquello que me indicaba día tras día y entonces, poco a poco, este camino se abrió y ha acogido, con los brazos abiertos de par en par, que hoy abrazan el mundo entero, tantos y tantos jóvenes necesitados de amor. Ahora ya estos brazos no son solo los míos, son los brazos de tantos jóvenes que después de haber recibido el amor de Dios, han decidido, como lo hice yo, confiar en Él y recambiar donando a quien está en la necesidad, aquel amor que gratuitamente han recibido.
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