ItalianoHrvatskiEnglishFrançaisDeutchEspañolPortuguesePo PolskuSlovakia     

 

Agosto 2008

Otra vez estamos aquí para mirarnos con los ojos del corazón y vivir una fuerte comunión con Dios y entre nosotros.

            Mirar nos a los ojos: muchos jóvenes tienen miedo de hacerlo y de mirar su propia conciencia ¡basta de miedo, no debemos tener miedo de mirarnos a nosotros mismos!

            El lema  que el Santo Padre eligió para las JMJ es: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes y serán mi testigos.” Hech 1,8

            Significa que todos los que se avergüenzan de ser testigos, de anunciar que encontraron a Jesús, de decir que creen en Jesús, el  Hijo de Dios que ha Resucitado, se hacen un gran mal a sí mismos porque todavía son esclavos del miedo, cerrados en la vergüenza por las humillaciones vividas anteriormente. Hoy debemos tener el coraje de la verdad, de la simplicidad, de la humildad...

            Mi experiencia –muchos de ustedes ya lo saben- ha sido la de vivir en espera del Espíritu Santo, aceptando la vida como se me presentaba. A veces alguien me pregunta: “¿Elvira, hiciste un  programa?” No, nunca lo hice, jamás, pero escuchaba y escucho con el corazón, con la mente, con la fuerza, con la voluntad, con el sacrificio, con el amor, con el trabajo, con el cansancio. . .en  todo  momento deseo escuchar al Espíritu Santo, y luego comenzamos a caminar juntos.

            Estoy aquí para contarles mi vida, mi historia, para testimoniar cuán cierta es la Palabra: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo.”

            A los diecinueve años el Señor me llamó de una familia pobre y marginada por  haber tenido que  emigrar al norte, para entrar en un convento, en una Congregación donde se servía a los pobres.  Fue  una experiencia bellísima, aún ahora lo es, porque para servir a los pobres nadie nos paga, no podemos pedirles dinero. . . ¿por qué?  Porque cuando se  da algo de uno mismo, eso  aumenta, crece dentro nuestro ¡y somos la persona más rica del mundo!

            Después, llegado un momento, luego de veinte hermosos años vividos en mi Congregación, empecé a sentir en el corazón no una sola voz sino miles de voces que me decían: “¡Elvira, incomódate, incomódate! ¡Los jóvenes están tirados en la calle, los jóvenes mueren en las estaciones, en las veredas, en el barro! Después de mucho tuve el coraje de decírselo a mis superiores y así nació esta historia, que ni yo comprendo ni conozco bien a fondo, porque soy la primera que está en camino con ellos, en medio de ellos, pueblo de pecadores: los drogados.

            Los drogadictos  con gusto se meten  máscaras para  demostrar que son “alguien”, para aparentar que son más, y así se avergüenzan de la verdad, de su fragilidad, les cuesta mucho abrirse y conservan adentro  ese  secreto que les hace tanto mal.

            A ustedes les quiero decir, jóvenes, que no debemos avergonzarnos nunca de nuestra historia familiar, de lo que hemos vivido.

            Piensen que hasta los veintidós años yo también me avergonzaba de mi familia porque éramos pobres: nueve en la casa y mucha miseria. La peor humillación fue la dependencia del alcohol de mi padre. Me acuerdo que cuando iba a la escuela primaria,  a veces mi papá venía a buscarme con la bicicleta, todos los  compañeros  se burlaban porque se notaba que mi papá había tomado. Me decían la verdad,  pero  a mí me daba vergüenza.

            Hoy  no  tengo miedo de decir que mi padre era alcohólico porque  finalmente lo valoré. Comprendí que la etapa que viví en la pobreza fue mi escuela de vida, mi universidad, y que mi padre ha sido el instrumento de Dios para educarme para  el sacrificio, para la tenacidad, para la obediencia y el coraje.

            Aprendí en mi propia piel que no es cierto que los niños tengan necesidad de todo. Por esto sé muy bien que  es un sacrilegio no educar a los niños también para  el sufrimiento, para la renuncia, para  aceptar la vida así como viene. Los padres no tienen ganas de mirarlos en los ojos, de corregirlos, de educarlos, de sufrir con ellos y entonces, les dan todo. El niño piensa: “¿Pero si yo los mando. . .qué padres tengo?”

            Todo esto nos dice que el problema no es la droga, Somos nosotros, los adultos, los padres, que nos volvimos más egoístas, más ambiciosos, que estamos  muy agarrados al trabajo, al dios dinero que nos sepulta  a todos.

            Debemos reflexionar, pararnos y escuchar lo que la vida quiere enseñarnos. ¿Qué nos dice el malestar de los jóvenes de hoy? Nos dice que no rezamos bien, que no rezamos en la verdad, que  sólo aparentamos ser cristianos.

            Porque es la oración la que te hace ver la verdad  interior, que te llama a cambiar, pero depende de cómo y por qué  se ha rezado. Si cuando salimos de la capilla tenemos  la misma cara que cuando entramos, entonces no se ha rezado bien.

            La primera propuesta que le hicimos  a los jóvenes es la de la oración, y no crean que  los chicos vienen por su propia voluntad a la Comunidad. Llegan porque las madres estaban agotadas, los papás los echaron de casa y se encontraron solos, ya no podían mentirles más a los padres  y por eso  pidieron ayuda: toda la familia estaba   con la cruz, pero esa cruz los trajo  aquí.

¡Hicieron la experiencia de que la cruz nos trae!  Hoy nosotros le podemos decir gracias a la cruz, sobre la que se desangró nuestro  Rey, nuestro Salvador, El que nos ha dado la vida y continúa  entregándola para que florezcamos interiormente.

            La cruz no pesa si la vivimos en la verdad. Preguntémonos si en la familia hay una cruz grande, pesada, ¿cómo la vivimos?  En estos veinticinco años de Comunidad comprendimos que  la cruz con el Crucificado es  la que nos lleva y nos cambia ¡por eso queremos abrazar y amar esa cruz que tenemos en casa!

            Mi mamá le fue fiel a su marido durante cincuenta y dos años, la gente le decía: “¿Qué haces con este borracho. . .? ¡déjalo, mejor que se pierda!

            Hasta yo le pregunte: “Mamá, ¿cómo  pudiste estar con papá sin que aportara ni un centavo en la casa porque no trabajaba?”

            Ella me contestó: “Si  yo lo hubiera echado a tu papá, cuando regresabas de la escuela con la tarea de “describir a tu familia” ¿qué habrías puesto en el lugar del papá?” ¡Mi mamá pensaba en nosotros! Luego agregaba: “Yo dije el sí, no los demás”.

             Pensemos bien en nuestra historia y revivámosla en el Amor  que  Jesús nos regaló y nos enseñó muriendo en la Cruz por nosotros. Él llamó a la Virgen para ser Madre y hoy nos llama a caminar con Ella,  pero no para que La tomemos superficialmente. Digamos con Ella nuestro “Sí” y permitamos a Jesús entrar en nuestra vida interior.

Imprimir esta páginaImprimir esta página