ItalianoHrvatskiEnglishFrançaisDeutchEspañolPortuguesePo PolskuSlovakia     

 

Septiembre

elv-sett.jpg    Me asombra la belleza del rostro de la Iglesia, nuestra Madre, que nos rejuvenece en la fe y la esperanza, nos sostiene y confirma en este  “renacer eucarístico” que les proponemos a los jóvenes desesperados que llaman a la puerta de nuestra Comunidad desde hace muchos años.
    Me siento cada vez más agradecida y enamorada de la Iglesia por lo que es: sólidos ideales, luz que ilumina el camino y orienta las elecciones de cada hombre, servicio a los más pobres, pan compartido para el que sufre, seguridad para todos.
    La Iglesia se mantiene siempre joven gracias a que día tras día, mucha gente le entrega su vida, su sangre, sin temor. El coraje y la fidelidad para hacerlo lo hallan en el encuentro con el cuerpo crucificado y resucitado de Jesús, que en  la Eucaristía también transforma nuestro cuerpo en el Suyo: nos volvemos más generosos, más limpios, más Jesús. Nos nutrimos con Jesús y poco a poco somos renovados por Él: no somos más nosotros sino que es Cristo que vive en nosotros, transformándonos en pan bueno y compartido por los hermanos.
    Este ofrecer la propia vida es lo que mantiene vivo al Pueblo de Dios: sembrar sonrisas, bondad, palabras positivas, dar coraje, la fuerza para ayudar al hermano a cargar la cruz, el sacrificio hecho entrega sin límite…
    Los Apóstoles lo han vivido. Siguieron a Jesús y luego de aquel  Pentecostés, en el Cenáculo, lo han anunciado a todos: así nació la Iglesia.
    Pedro permanece en la tierra en la figura del Papa: quien lo ha visto de cerca, por lo menos una vez, puede comprender el misterio luminoso de la presencia viva que lo habita. Mírenlo a los ojos y verán a Pedro vivo, porque al acercarse a él se siente la ternura de Dios, la belleza de la presencia divina.  Frente al Papa hay una dimensión  que está más allá del momento histórico, más allá de los sentidos, y es el encuentro con Pedro que continúa guiándonos  al encuentro con el Maestro.
    El Hijo de Dios nacido en Belén, que significa “casa del pan”, sigue viniendo a nuestro encuentro en cada altar de cada iglesia. Como los pastores y los magos, cada uno de nosotros tiene hambre de Él en la noche oscura del corazón que a veces atravesamos, y deseamos contemplar la luz de su presencia.
    Caminando estos  dos mil  años de historia, hombres y mujeres de todas las razas, lenguas y culturas, fascinados por el encuentro vivo con  ese  Niño, han sembrado Su luz por los confines de la tierra: ellos son la Iglesia, que le lleva a todos el Pan de Vida. ¡Y hoy, esa Iglesia soy yo, eres tú, somos nosotros!

Imprimir esta páginaImprimir esta página