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“En virtud del bautismo –dice el Papa Francisco- somos discípulos misioneros, llamados  a llevar el Evangelio  en el mundo.” Comenzamos con estas palabras del Papa para hablarles de nuestra misión en Bahía, Brasil, donde vivimos cerca de 80 personas: sesenta niños y veinte  tíos y tías. Nos  sentimos discípulos misioneros, deseosos de transmitir la fe que salvó y transformó nuestras vidas. Pero no siempre es fácil, trabajamos con niños heridos que desde pequeños  tienen un vacío y  ausencias difíciles de colmar. Cada día tratamos de llevarlos hacia la única vía de salvación: la de Cristo, la de las “rodillas”, la de la cruz y la resurrección.
Un momento en el que se transmite la fe es a la mañana, a las cinco nos reunimos en la capilla, formando grupos con los niños según la edad y la casa –adolescentes, preadolescentes, pequeños-.  Se reza el Rosario y después uno de los tíos comenta el Evangelio del día, lo desmenuza para que lo comprendan todos. Se  toma un empeño para vivir la jornada y… ¡todos a la escuela!  Los resultados no son siempre inmediatos, está el que se porta mal en la escuela, el que en seguida olvida el empeño y las palabras del Evangelio, pero Madre Elvira nos enseñó que el que siembra con constancia obtiene buenos frutos.
Después,  para nosotros, los tíos y tías,  toda  la jornada es vivir el evangelio concreto, los ojos de los niños nos apuntan y siempre ven las incoherencias o las faltas. No siempre logramos todo bien, pero al menos tratamos de entregarnos y cuando nos equivocamos,  delante del Señor  recomenzamos. A la mañana, mientras los más grandes están en la escuela, quedan los pequeños para atender. Desde hace unos años a Bahía llegan niños recién nacidos, por ejemplo Joao Vito, que llegó con solo 3 días de vida y hoy es un niño de tres años feliz aunque herido en la confianza y el abandono. Además hay otros ocho bebés que van desde los ocho meses a los tres años: Samara, Marcello, Luis, Joao, Maria, Kiara, Alessandra, Touane y el pequeño Maurizio. Las tías están con ellos y luego  de un tiempo, todas comparten que encontraron una  maternidad que no pensaban o que  habían olvidado. Los pequeños son materia prima para plasmar y deseamos sembrar en su corazón la fe en Jesús y el amor tierno de María. Ellos muchas veces nos asombran y nos ayudan con su simplicidad y sus gestos inesperados como cuando en la capilla una tía baja  la mirada, solo por un momento en que  en su corazón prevalece la tristeza y el mutismo y el niño le toma la cabeza y se la levanta hacia la cruz. O como cuando los niños se “aferran” a la cruz de madera que tienen las tías en el cuello y la besan diciendo: “Jesús, tía, beso, Jesús”.  Parece que a veces son ellos los que nos indican el camino a recorrer en los momentos de sufrimiento, la cruz para abrazar cuando todo parece imposible. En la misión  la fe es donarse a todos  sin reservas y recibir mucho, especialmente de los niños. Ellos te miran, eres su punto de referencia, si no sonríes, si no compartes, si te quedas en tu orgullo, ellos lo perciben, lo sienten, lo absorben. No se puede pretender de un niño que pida disculpas si no lo haces primero tú, si tú no eres el primero en vivir el Evangelio en concreto  y lo transmites. A veces las mayores dificultades  son con los adultos: todos los que llegan aquí tienen un buen camino de Comunidad y es difícil no tener razón, es difícil  quedarse a un lado, dejar espacio. Sólo la oración, el duro “trabajo”  de arrodillarse nos hace encontrar la paz y la armonía familiar que le permite al niño respirar un aire  distinto al que respiraba en su casa, donde las peleas y los golpes  eran constantes.
Para  nosotros  la fe es creer que Dios obra en lo cotidiano, obra en el corazón de nuestros niños y en el nuestro; sana las heridas más profundas y protege el futuro, nuestros proyectos y elecciones. Algunos niños llegados de muy chicos a nuestra misión, hoy hacen cursos de enfermería, otros se inscribieron en la universidad, otros trabajan honestamente y desean formar una familia. Algunos no siguieron el camino del bien en un 100%, pero están los frutos, la cosecha es abundante.
Nosotros, discípulos misioneros de Cristo, estamos listos para sacrificarnos cada día, muriendo a nosotros mismos, para sembrar el bien, una luz de esperanza, un granito de fe. Esta es nuestra misión.
¡Gracias, por favor recen por nosotros y  nuestros “pequeños” rezarán por ustedes! Handing on the Faith ( Bahia )

 

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