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Felices los que trabajan por la paz

         Desde el nacimiento de la Comunidad que nos une una amistad profunda y sincera con el “Movimiento Contemplativo Misionero Charles de Foucauld”, fundado por el Padre Andrea Gasparino en Cúneo. Por este motivo, sentimos como “nuestro” el sufrimiento que vivieron en estos meses pasados a raíz del secuestro de dos hermanas en Kenia, límite con Somalía. Nuestros jóvenes rezaron, ayunaron, ofrecieron renuncias para sostener a las dos hermanas y a su Comunidad durante el secuestro. Cuando las liberaron, en todas nuestras casas nos alegramos en el Señor.
        
¿Qué sensaciones vivieron, qué pensaron en el momento del secuestro?
María Teresa: Vivíamos en El-Wak, en medio de una población musulmana, la tribu de los Garre, y hacía un tiempo que sentíamos el clima espeso por la situación que se vivía.  Hacía meses que había escaramuzas entre las tribus y el ejército de Kenya intervenía con mano dura. Sufríamos por el dolor que esto provocaba en la gente, especialmente a los más pobres e indefensos. Pasábamos las noches alertas por si alguno necesitaba refugio.
El secuestro fue por la noche del 9 al 10 de noviembre. Esa noche nos despertó un tiro disparado para hacer saltar el candado del portón de nuestro patio; sentimos voces y vimos haces de luz en las ventanas. En seguida nos dimos cuenta de que estábamos en peligro, pero todo fue tan rápido que no tuvimos tiempo ni de pensar. Ocho hombres armados entraron al patio disparando hacia la puerta de la casa. En este tiroteo fuimos heridas levemente por las esquirlas. Estábamos en real peligro, hasta podían matarnos a las dos. No tuvimos tiempo de pensar, los seguimos, lo único que entendíamos era que teníamos que ir detrás de ellos.

Rinuccia: En realidad, más que ir detrás de ellos, nos tomaron de la mano y nos arrastraron corriendo cerca de tres cuarto de hora, que era el trayecto a pie desde nuestra casa a donde ellos habían dejado el auto. Las dos nos caímos: A María Teresa la golpearon con el fusil para que se levante. Le sangraba la cabeza. A mí, como era más liviana, me agarraron de los brazos y me arrastraron cien metros. Finalmente llegamos al lugar donde estaba el auto. Yo seguía gritando bien fuerte: “Se llevan a las sisters” y “Señor, ten piedad,” en somalí, agradezco que nadie lo escuchó, porque si alguno hubiera intentado venir a socorrernos, especialmente armado, hoy no estaríamos aquí vivas.

¿Percibían el paso del tiempo a medida que transcurrían los días?
María Teresa: Nunca perdimos la noción del tiempo: gracias a Dios nos habían dejado el reloj; yo pensaba que nos lo sacarían pero lo dejaron. Al de Rinuccia se le acabaron las pilas, pero el mío todavía hoy funciona. Como teníamos miedo de que dejara de funcionar, nos habíamos hecho un pequeño calendario para contar los días y las noches y no perdernos.

Rinuccia: No teníamos otra cosa que hacer, así que estábamos atentas al “…Es de noche, es de día”, entonces al alba siguiente escribíamos qué día era. No nos perdimos   para nada, hasta sabíamos cuándo se sucedían las fiestas cristianas.

Maria Teresa: La primera Fiesta era la del santo de nuestro padre fundador, San Andrés, el 30 de noviembre; después el Padre de Foucauld, el primero de diciembre, y una semana después la Inmaculada Concepción: esperábamos que nos liberaran ese día pero tuvimos que esperar un poco más.

¿Dónde las tenían prisioneras? ¿Estaban siempre encerradas? ¿Qué hacían?Maria Teresa: Los primeros cinco días viajamos por la selva hasta Mogadisco. Habían robado autos que no funcionaban muy bien, entonces íbamos muy despacio, había que remolcarlos, en fin, se requería paciencia. Luego de esos cinco días teníamos mucho miedo de que nos llevaran frente al jefe de los terroristas, pero en cambio nos llevaron a la casa de la familia de uno de los secuestradores; a menudo cambiábamos de vivienda.

Rinuccia y Maria Teresa: Siempre estábamos en una habitación. En la que estuvimos más tiempo, ocho semanas seguidas, era una habitación de cerca de veinte metros  cuadrados; allí hicimos muchos kilómetros a pasos cortos: a veces para cansarnos un poco, otras, para no correr el riesgo de encerrarnos en nosotras mismas. Dependíamos de ellos para todo, siempre debíamos pedir permiso. Teníamos que adaptarnos en todo al modo de vivir de ellos, cosa comprensible, todos hacemos eso. 
Gracias a Dios, como estuvimos muchos años inmersas en la cultura somalí, nos adaptábamos a ellos con sencillez y voluntariamente, ya que nos decíamos: “no nos hace mal”. Por ejemplo, el modo de lavar la ropa que tenían, o el hecho de tener a disposición nuestra sólo un bidón de tres litros de agua con el que teníamos que hacer todo, o comer las dos de la cacerola con las manos….en suma, cosas pequeñas que aceptábamos con  sencillez, como parte de nuestra vida. A veces nos decíamos: “¡ Qué afortunadas que somos! Cuántos hay que en prisión son tratados con violencia, con dureza, los hacen caminar horas y horas…¡en cambio nosotras somos tratadas “bien”!
También había cosas que nos hacían sufrir, pero era una oportunidad para ofrecerlas. Fue un gusto que no nos hayan separado y rezamos muchísimo por eso: yo tenía mucho miedo y sentía que estar juntas nos daba la fuerza para continuar. En nuestro anterior camino como hermanas hemos tenido nuestras fatigas humanas, pero en el momento en que nos llevaban, dentro de ese auto, dije: “Señor, tanto te pedimos la unidad, el estar juntas, el querernos bien en Ti. . .¿Y Tú, este es el camino que eliges? ¡Ayúdanos!”
El Señor nos liberó y nos liberó juntas, nos hizo descubrir hermanas que se aman.
Había tanto sufrimiento que no se puede expresar. Yo vi una Rinuccia transformada por este sufrimiento que nos desnudaba y nos estrujaba… ¡era algo en lo que sólo Dios podía sostenernos! Te encuentras en un lugar desconocido con gente de  Al-Shabaab…yo  estaba muy afligida y espantada por estar con ellos pero trataba de que no se den cuenta. Cuando subimos al auto nos mostraron el celular con la cara de Bin Laden. Para asustarnos nos dijeron: “¿Lo conocen?”  Espontáneamente le respondí: “Sí, lo conocemos, también él es una criatura de Dios.” Esa frase nos acercó mucho; el Señor nos regaló el don de abrirnos a la benevolencia de Jesús, y ahora Él nos dio las palabras justas en el momento justo.

¿Se les pasó por la cabeza la idea de que podía terminar la vida?
María Teresa:  Cuando estábamos en el auto, le dije a Rinuccia: “¿Y si morimos?”  y ella me respondió “Estaremos cerca de Jesús.” ¡Mama mía! Igualmente yo tenía miedo de morir.

En un momento de tanto miedo y de tanta injusticia ¿cómo sintieron la presencia de Dios? ¿Dónde hallaron la fuerza para no desesperar?

Rinuccia: Desde el principio María Teresa les dijo: “Somos mujeres que queremos a todos.” En otro momento, “Ustedes son buenos, tú eres bueno, se te ve en la mirada que eres bueno.” Estas palabras iniciaron una relación de aceptación hacia ellos. Parece una tontería decir esto, sin embargo encerraba todo el amor que nosotras habíamos sentido por nuestra gente de África en todos los años que habíamos vivido con ellos. Muy cierto que aquellos eran otros, no eran los que nos habían secuestrado, pero eran los que nos habían preparado para hacer el esfuerzo de buscar y vivir el Evangelio en ese momento…fue el Espíritu el que nos habló, que actuó en nosotras.
 No tuvimos ningún sentimiento de odio, de repulsión ni de rencor hacia estas personas. ¡Fue una gracia de Dios, porque humanamente no se puede lograr! A partir de ese momento tuvimos una relación de aceptación hacia ellos; fue suscitando en el corazón de ellos todo lo bueno que tenían. Nos demostraron en el viaje algunas delicadezas, que nos decíamos:” ¡Pero qué atentos son!” No podría decir que nos  amaban porque eso sería exagerado, pero nos respetaron y en algunos momentos nos asombraron con sus  atenciones para llevarnos alguna cosa, prestarnos sus zapatos para bajar del auto… sabíamos que era gente acostumbrada a matar, estaban agotados y tensos, pero se había creado una relación de vida para nosotras y probablemente para ellos también.
Creo que Dios se hizo presente entre nosotras y también nos consoló con la unidad. Pienso que esta unidad pudo crecer porque estábamos despojadas de todo, no teníamos más nada, hasta la ropa les tuvimos que dar. Si realmente necesitábamos algo debíamos pedírselo y esperar que llegara el momento en el que quizá ellos consiguieran esa cosa. Pero especialmente estábamos despojadas interiormente, vacías de todo. Nadie nos buscaba, nadie tenía necesidad de nosotras, nadie quería nada de nosotras, nada. No había nada más que la vida y lo que la vida nos había enseñado, es decir, llenar la vida de  Dios, llenar la vida de oración. Desde que subimos al auto, no nos dijimos nada pero comenzamos  a hacer invocaciones: “Jesús, en vos confío. Jesús, Salvador, sálvanos…” lo decíamos decenas y decenas de veces hasta que nos dijimos: “¿Tú que dices? ¿Qué  oración te ayuda?” Y desde allí hicimos oración continua, continua, continua, solo invocaciones, no podíamos hacer nada más.
Más adelante, con el paso de los días, encerradas en esa habitación, comenzamos a rezar el Rosario juntas. Un tiempo después, a la noche nos dijimos: “Tratemos de recordar algunos salmos juntas…”. Así nacieron nuestras Vísperas.

¿Por qué no podían rezar en silencio y necesitaban las invocaciones, recitar los salmos y rezar el Rosario?
Rinuccia: Era imposible, realmente imposible: cuando parábamos tratando de concentrarnos, la mente era atrapada por la angustia; claramente, también vivíamos la angustia del no saber, la angustia de no poder hacer nada, estábamos allí y no podíamos mover un dedo por nuestra liberación, por eso era imposible rezar en silencio. Pero le aseguro que todos los centenares de Rosarios que rezamos eran oración viva no palabras huecas. Lo rezábamos con calma, intercalando en cada Avemaría una jaculatoria: “Espíritu Santo, danos la luz, guía Tú cada detalle…” A veces algunas invocaciones un poco más largas, porque era mejor rezar un Rosario largo para que pase más tiempo.
 La noche era muy dura, si una probaba rezar el Rosario sola, quizá la otra se despertaba de golpe y no sabía dónde estaba…igual ayudaba rezar porque de noche éramos más débiles, las preocupaciones se multiplicaban a la décima potencia, todo parecía más pesado, más difícil ¡más imposible!
 Cuando nos encontrábamos en la más profunda angustia, la oración que más nos ayudaba era: “Jesús, en vos confío, me encomiendo a vos.”  Repetida con voluntad, nos ayudaba muchísimo.

Maria Teresa:  Por la noche, la última invocación de nuestro último Rosario, cerca de las 21, antes de dormir era una que me gustaba mucho y la intercalaba después de cada Avemaría: “ María, Madre de la Paz, da a todos la Paz de Jesús.” Me daba mucha paz y cuando íbamos a dormir estábamos más serenas. También era por todos ustedes, por todos nuestros seres queridos, por toda la comunidad, por los que nos vigilaban, porque siempre había uno vigilando. Nosotras le queríamos decir: “¡Tranquilo, no  nos vamos a escapar!” Pero ellos siempre estaban armados vigilando.

¿Cómo vivieron en la esperanza la espera de la liberación?
Maria Teresa: El Señor fue bueno, porque nos fue preparando para la liberación. En el último mes de prisión tuvimos el don de una mujer, la esposa de uno de los secuestradores, que fue para nosotras como una hermana.
Siempre estábamos sentadas en el piso, comíamos en el piso, todo en el piso –es el estilo en Somalía. Pero un día ella nos trajo una silla: era poco, pero que allí hubiera una persona que nos quería, no era poco. Era una de ellos pero nos quería, nos dijo que éramos como sus hermanas ¡y que su hijo era nuestro sobrino! Nos quiso y esto nos preparó para salir más serenas. Estar con ella, que cada tanto venía a visitarnos, se sentaba con nosotras y nos contaba algo, fue un gran don, especialmente porque ella sabía lo que eran las religiosas: nosotras éramos personas “extrañas” a los ojos de los musulmanes, pero ella nos entendió profundamente, y así, sin grandes discursos, gracias a los conocimientos del somalo de Rinuccia, vivimos momentos muy ricos con esta “mamá”.
Su presencia fue una delicadeza particular de Dios hacia nosotras, que a través de esta mujer nos preparó para la liberación.

¿Qué provoca en ustedes el recuerdo vivo de las misiones en las que estuvieron tantos años al servicio de los pobres?
Rinuccia: No es una pregunta fácil: en este momento estamos “sobre la ola”, lo que  trastoca un poco nuestra vida. Nos costó muchísimo no haber podido pasar por lo menos un día por El –Wak, para saludar a nuestra gente que tanto hicieron por nosotras. En cuanto nos liberaron tratamos de contactar a los  amigos más cercanos: Ismail, que trabajaba con nosotras, era un poco nuestro factotum, era un hombre musulmán naturalmente, merecía toda nuestra confianza. Cuando lo llamamos por teléfono, lloraba como un niño, lo mismo pasó con otro amigo que vive en un centro vecino, él también lloraba tanto que no podía hablar. No hablemos de nuestras “mamás”, las  mujeres que estaban más cercanas a nosotras, que nos hacían de traductoras, nos ayudaban a dar los remedios: hubo una que no pudo agarrar el teléfono de cómo lloraba. 
Por eso, no poder regresar fue muy duro, muy difícil. Cuanto más pasa el tiempo, más sufrimos por ese corte tan brusco. Pensar en nuestros enfermos, epilépticos,  asmáticos severos, que quizá ahora no tienen medicina… duele.
Pero por el momento no se puede retornar.

María Teresa: En cuanto nos secuestraron, ya sentimos ese corte brusco: fue nuestro peor sufrimiento. Si nos llevaban así, no se podía regresar ni por poco tiempo a El-Wak.
Pero yo siento que lo que nos sucedió no es más que un obstáculo en nuestro camino, no ha sacado a El-Wak de nuestro corazón; las hermanas que están en Nairobi  están ayudando un poco a nuestros enfermos.
Dios nos acompañó antes y nos seguirá acompañando. No estoy arrepentida de todos los años que viví allí y de todo lo que se hizo sin ningún heroísmo. Siento algo más puro, percibo al borde de las lágrimas, que el Padre del Cielo, luego de la agonía y de tanta angustia, ahora nos permite vivir la resurrección en nuestra simple  cotidianeidad.
Cuando nos secuestraron lo primero que percibí fue: no somos sólo nosotras, estamos participando del sufrimiento del mundo, tanta gente enferma, tanta gente  secuestrada…¡muchas personas sufren más de lo que sufrimos nosotras!. Es la parte que estamos llamadas a vivir, no a sufrir, porque nosotras tenemos la oración y en nuestro corazón siempre estuvo, en todo momento, la presencia de Dios ¡de verdad la sentimos!
Hoy, cuando escucho un salmo me digo: esto es lo que vivimos allá, esta es la Palabra que nos hablaba, la solidaridad que había.
Sentimos una enorme riqueza no sólo por nosotras. Aceptamos a los periodistas, a los fotógrafos, las entrevistas sólo porque somos sensibles con los que sufren: hoy fuimos nosotras, mañana puede ser otro.
A los primeros que fui a ver luego de la liberación fue a los enfermos, algunos muy graves, y les dije: “¡Tú me liberaste!” porque justamente estas personas, los que más sufren son los que nos liberaron: el ofrecimiento del dolor se transforma en oración centuplicada!

            “Cuando nos capturaron, luego de una hora de viaje, se acercaron los secuestradores a la ventanilla del auto y nos preguntaron: “¿Son musulmanas o paganas?” desde el corazón le respondí:: “Somos personas que amamos a todos los hombres en nombre de Dios.” Y sentí dentro de mí una gran bondad que no provenía de mí, hacia estas personas. La frase no la había preparado sino que vino del Espíritu. Aún cuando nos dijeran algo que nos chocaba, en el corazón sentía ternura por ellos, los veía jóvenes y decía: “Pero tú eres bueno, tu corazón es bueno, tus ojos dicen que eres bueno.” Eran respuestas que les asombraban y también me asombraban a mí, ya que cambiaban nuestra relación. En esto percibí claramente que nos sostenía el fruto de la oración de todos ustedes.
                                María Teresa durante la Santa Misa de Acción de Gracias


             “En seguida después del secuestro nos encontramos despojadas de todo, estábamos en ropa de dormir, sin zapatos, y así vivimos varios días. En el viaje cada vez que tenía que bajar del auto les pedía prestados los zapatos y alguno de ellos  me los daba. Este despojamiento fue algo extraordinario, nos hizo  comprender cómo, cuanto más libres estamos de las cosas, más libre es Dios para operar dentro nuestro. Fuimos colmadas y sostenidas por la presencia de Dios: casi lo tocábamos con la mano. Esto no es poesía, fue la realidad. . .  Y además la realidad viva de la comunión entre nosotras: llegó un momento en que nos dimos cuenta de que estábamos haciendo una experiencia de unión y comunión entre nosotras como jamás la habíamos experimentado! Entre nosotras pensábamos que así es el Paraíso, porque donde está la Caridad está Dios, el Paraíso, donde encontramos la fortaleza. Vivimos una experiencia muy pesada, muy dura, pero de una riqueza increíble.”
                                         Rinuccia durante la Santa Misa de Acción de Gracias


               “No tenemos palabras para agradecer la solidaridad de todos ustedes  durante este tiempo y que aún hoy seguimos descubriendo. Quizá nunca la descubramos totalmente por esto sólo nos queda decirles: ¡GRACIAS,  GRACIAS, GRACIAS!
                                                                                Maria Teresa y Rinuccia

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