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Hombres jóvenes, de rodillas Cuarenta jóvenes con el pelo corto o cortísimo, entre los veinte y los cuarenta años, muchos extranjeros, de Europa del Este, rezan el Ave María en su propio idioma. En todas las casas que la Comunidad de Sor Elvira tiene en el mundo, el día comienza con el rezo del Rosario. No hay sacerdotes ni monjas para guiarlos: lo hacen solos. Lo primero que asombra a los creyentes que se acercan a la Comunidad es ver a todos estos muchachos jóvenes rezando el Ave María en calma, saboreando cada palabra. Sin embargo, no son ángeles, llevan la carga de haber sido drogadictos, ladrones, traficantes, han estado presos…Pero ahora están aquí de rodillas, pidiendo perdón y dando gracias por haber encontrado un mensaje de esperanza cuando todo estaba perdido. Ruegan por sus familias que están lejos, otro pone “en las manos del Señor” el matrimonio de su primo. Al final del Rosario ruegan por todos los jóvenes “que han pasado por nuestra Comunidad”, pidiendo para ellos la fe para toda la vida. La segunda cosa que asombra es la ventana abierta detrás del altar, hacia la llanura, para hacer pasar a Dios…
Cada uno con su ángel custodio Luego del Rosario es el momento de la “condivisio”: contarle a los demás la propia experiencia, los pequeños triunfos y dificultades de la vida cotidiana. No es fácil compartir la vida meses, años, con personas de diferentes culturas, países, caracteres…no faltan las incomprensiones. Por eso, a cada chico nuevo se le da un ángel custodio, para que lo introduzca en las férreas reglas de la Comunidad, para que le dé un buen ejemplo, lo aconseje y lo encauce cuando “patina”. El ángel custodio es una magnífica idea de sor Elvira, que lo explica en una frase que caracteriza su “terapia”: ¿Quién mejor que un ex drogado puede entender y ayudar a otro drogadicto? Aquí no hay operadores terapéuticos rentados. Sólo hay jóvenes que han sido acogidos, han recibido amor, atención y ahora lo devuelven… “Cuando llegamos a la Comunidad éramos unos vagos, rotos en pedazos, fracasados para los demás. Pero hay un milagro en cada uno de nosotros. Mirando el pasado con los ojos de la fe le agradezco a Dios haber pasado por esa experiencia que me ha permitido redescubrir los auténticos valores…” dice Walter, 42 años, hace 5 que vive en la Comunidad y durante toda la mañana me escolta por los distintos ambientes del Cenacolo. Muchas veces menciona a su hija de 16 años, para quien quiere ser un papá-amigo. “Aquí aprendemos a ser simples, humildes, a no ser orgullosos sino alegres.”
Adiós diarios y TV… Los jóvenes abandonan la capilla y van a desayunar frugalmente. Sobre una mesa espartana vigila la sonrisa de Madre Elvira. Cada uno toma su pan casero y su café. “Es lo único “superfluo” que se permite en la casa” -explica Lukas, 26 años, polaco, también “veterano” del Cenacolo –aquí no se bebe ni se fuma, la TV y los diarios quedan afuera, no se escucha el celular. Nadie lleva las manos en los bolsillos ni se tira en la cama en el tiempo libre: cuando no estamos trabajando , se conversa, se comparte con los demás.”Más que desintoxicarse de la droga, el que entra al Cenacolo se desintoxica del mundo, asiste a una “escue la de vida” que va en contra de la corriente. La Comunidad también acoge a jóvenes que no se drogan pero que buscan un sentido para sus vidas que el mundo no se los da.”Vienen jóvenes que entran para saber quiénes son y qué buscan en la vida. Piensan en hacer una experiencia por un mes y finalmente se quedan dos o tres años, y algunos se consagran”, dice Walter.
Ora et labora: como los monjes Luego del desayuno comienza la jornada de trabajo y cada uno se dirige a su puesto: la carpintería, que está a unos 100 metros de la Casa Madre, donde se restauran muebles; el taller de reparaciones; la fábrica de sillas, desde donde se abastece también a las fraternidades vecinas. Bajo el cálido sol de la primavera se ven grupos de jóvenes en el huerto impecable. Mientras, en la cocina se prepara el almuerzo para más de cuarenta personas. El cocinero y el ayudante supervisan la cocción. Gianni, que entró hace diez días y viene del sur, de Andria, pela papas junto a su ángel custodio, Meter. Máximo está en la Comunidad desde hace tres años y se ocupa de la despensa. En otro cuarto, en la “peluquería”, un esloveno le corta el pelo a un compañero. Luego viene la sala de ping pong y biblioteca para usar los días muy inclementes o de descanso. La siguiente habitación tiene las paredes tapizadas con tapas de la revista Resurrección. Desde hace 20 años que se publica este trimestral con noticias de la Comunidad y testimonios. Se realizan 15.000 ejemplares en varios idiomas y se distribuyen en forma gratuita.
Cómo se entra en la Comunidad Hay 1200 – 1300 jóvenes en las fraternidades de Sor Elvira en el mundo: un milagro que nació en la colina de Saluzzo hace 24 años. Cuando se acer can más drogadictos que piden ayuda se abren más y nuevas casas. Los jóvenes que quieren entrar a la Comunidad deben asistir a los coloquios. No hay lista de espera pero sí un camino que pasa por los coloquios para sondear las motivaciones que lo llevan a ingresar. Luego realizará unos días de prueba, yendo a la Comunidad para vivir una jornada y ver si confía en la Comunidad. El que vive en la Comunidad no tiene ningún contacto con el exterior, ni siquiera con la familia, para evitar las recaídas. En la “terapia” de sor Elvira la familia tiene un rol fundamental: la religiosa sostiene que el problema de la droga nació en la familia, entonces, les pide un camino de desintoxicación paralelo al que está haciendo el hijo en la Comunidad. -¿Alguno se escapa?- - Puede suceder, pero en general vuelven luego de 2 ó 3 días. En cuanto pasás el portón ya sabés que hiciste algo equivocado…Las familias son avisadas y se les propone que no reciban al hijo. El verdadero problema (Sor Elvira diría que es un falso problema) no es tanto resistir en Comunidad sino volver al mundo: lo demuestra el hecho de que pasados los tres años mínimos, en los que han encontrado un modo tan distinto y auténtico de vivir, son muchos los que se quedan como voluntarios, manteniéndose a cierta distancia de las tentaciones y de las contradicciones del mundo y eligen el camino de las misiones en países lejanos.
Susana Agnese, Corriere de Saluzzo
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