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Un océano de Misericordia

          Hace unos meses Madre Elvira fue invitada a testimoniar en  el Congreso Mundial  de la Misericordia, creo que  porque  ésa es la luz que tiene nuestra Comunidad  para anunciar: estamos aquí por la misericordia de Dios. Si estamos aquí, si estamos vivos, si tenemos ojos que sonríen, si los jóvenes bailan y si ustedes, familias, son capaces de hacer 30 horas de viaje, con mucho sacrificio, para llegar desde tantos países diversos, es porque hay una misericordia que nos atrae, hay algo que nos unió y nos trajo hasta esta colina donde el corazón de Dios  derrama misericordia.

            En ese testimonio Madre Elvira dijo algo que nunca le había oído decir en tantos años y por eso me conmovió.  Decía que cuando el hijo o la hija van a la  casa de los padres para la verífica, donde  todavía se viven muchas heridas, muchos “coletazos” de satanás, tantos latigazos como los que le dieron ayer a Jesús sobre la espalda. El mal está en la familia; muchas veces los padres frustran a sus hijos con una vida que traiciona  las expectativas del joven. Nosotros los hijos frustramos de otra manera, la vida, el corazón de ustedes padres, que esperaban gratitud mientras nosotros dábamos un portazo; ustedes esperaban que entendiéramos el sacrificio que hacían y nosotros derrochábamos todo: ¡cuántas veces el mal está dentro de las paredes de la casa, nos pesa, nos hace mal, nos humilla, nos desnuda. . . pero en esa desnudez entra Dios que nos da una esperanza inclinándose hacia nosotros. En Roma,  Madre Elvira contó que le había dado a una chica  la siguiente  tarea: “Cuando llegues a casa, corre al encuentro de tu padre, abrázalo y cuenta hasta siete; quédate abrazada a él, así le permites a tu padre sentirse padre.” El hijo que regresa a casa y se cuelga del cuello de su padre, le permite a ese padre sentirse padre: permitámosle hoy a Dios que sea el Padre. Él ya  lo es  y su único deseo es serlo profundamente. Sepan que no es una necesidad de Dios que digamos la verdad en la confesión. También podemos  ir a “robar” un perdón como el de la parábola que se puso a llorar

“. . . Señor, tené paciencia conmigo”; el  dueño le dijo “Bueno”,  pero cinco minutos después estaba acogotando a otro.  Podemos robar el perdón pero sentir la misericordia es más profundo,  entonces ¡no tengamos miedo!  Dios ya conoce nuestra naturaleza herida, ha sido la suya, lo vimos ayer sobre la cruz, flagelado, humillado, pisoteado, desnudo, como nosotros. . . sin embargo, resucitado. Anoche, cuando esa piedra se  movía, pienso que todos dijimos “¡Qué bello!”  Y cuando los ángeles la hicieron rodar y salió el Resucitado con las marcas de la crucifixión, creo que todos nos alegramos porque esas llagas ya no eran signo del mal, del poder de satanás sino que se habían convertido en la fuerza de la misericordia de Dios. Esta es la fuerza de la Comunidad Cenacolo. Desde hace  veinticinco años que ocurre ese milagro aquí. Aquí la misericordia de Dios cura las llagas, las heridas más podridas de la humanidad. Todos nosotros estábamos así, a veces todavía las tenemos adentro y más de una vez nos hacen mal porque el mal para humillarte, las toma y te las pone  frente a la cara, para hacerte  morder el polvo. Pero nosotros tenemos la dignidad de los hijos de Dios. Dios ha tomado nuestra carne pobre y herida, la cargó, se hizo Una de nosotros, sin miedo. La tierra se unió al cielo y ese cielo ahora nos habita, entonces, nada de miedo. Dios ya conoce nuestra catadura y nos puede liberar sólo si lo decimos. Y necesitamos decirlo, entonces, nos levantamos  pensando: “¡Qué hermoso, ya no lo tengo más, Dios me ha perdonado, Dios pagó el rescate!”.

Estamos en un pequeño Jubileo de la Comunidad: son veinticinco años de vida, medio Jubileo. El Jubileo era el tiempo en el que la abundancia de la misericordia restablecía la justicia. La misericordia de Dios hoy quiere hacer justicia, pero no la de los abogados que te mandan a la cárcel o que muchas veces te salvan “acomodando” la verdad. La justicia de Dios es la verdad del corazón que encuentra el abrazo de la misericordia. Dejémosle a Dios ser Padre y como Madre Elvira le dijo a aquella chica: “No esperes mucho: cuando lo veas, sólo corre a  colgarte de su cuello “, porque si esperamos un poquito, ya el mal  regresa y la cola del mal  se aferra a la cabeza.  En el Apocalipsis, el dragón es descripto como un monstruo de siete cabezas. Cuando nuestra vida piensa, piensa  y repiensa, se pierde en el mal. El corazón de Jesús no es un cerebro sino que es un corazón lastimado. En la cruz, a Jesús le pusieron una corona de espinas, el corazón está lastimado; esa corona de espinas es el  talón de María que pisa la cabeza de la serpiente, ese corazón lastimado es la victoria: dejémoslo vencer, dejémoslo vencer y verdaderamente será la fiesta de la vida, será fiesta porque entonces nos liberaremos de lo que nos tiene encadenados. Nadie ve ni sabe lo que llevamos adentro, y miren qué bueno es Dios: nadie lo debe saber. El Señor no invita al marido y a la mujer a confesarse juntos, porque sabe que no somos capaces de llevar el peso del pecado del otro; nos herimos uno al otro y luego nos lo echamos en cara, nos hacemos mal. Dios pide la verdad delante de Él para poder tomar esa piedra y transformarla en algo bello y grande. Este milagro también sucede en nuestras familias. Para ustedes, padres,  esa  piedra que tenían en el corazón, al encontrar la misericordia se transformó  en experiencia de cruz resucitada;  llagas  de las que hoy sale la luz nueva de la misericordia. Esas llagas, mostradas a otros  que todavía las están viviendo como cruz que aplasta por dentro, se vuelven la esperanza que ilumina. ¿Por qué nosotros los jóvenes hemos resucitado? Porque confiamos en jóvenes que estaban heridos  como nosotros, o peor que nosotros: vimos sus llagas, pero las vimos resucitadas, entonces creímos  que  había sucedido algo bello .  Cuando la verdad encuentra la misericordia es una fiesta. Un salmo dice: “Misericordia y verdad se encontrarán, la justicia y la paz se besarán, la verdad  brotará de la tierra y la justicia se asomará del cielo”: es la conciencia, finalmente sin máscaras. Es muy lindo el ballet de las máscaras –lo veremos esta noche-  Luego de una intensa lucha con la serpiente, que le quiere hacer decir que no,  finalmente el joven en la luz, se arranca la máscara y simbólicamente la pone en manos de Madre Elvira, de la Comunidad que es la luz de la libertad, una luz que no asusta sino que libera: “No tengan miedo”,  finalmente.  Sólo el amor de Dios puede hacer esto; cuando Dios descubre una llaga, lo hace con mucha  ternura y delicadeza y la carga Él. Esa llaga tiene diversos nombres: infidelidad, aborto,  heridas, rabia, situaciones vividas en la infancia que han herido la  afectividad y que después al crecer la confunden. . .  todo este montón de humanidad herida: “¡No tengan miedo, no tengan miedo!”. Miren, nosotros en la Comunidad hemos escuchado de todo y cada vez que un chico nos cuenta el dolor de su conciencia, decimos: “¡Yo también soy así!” El pecado es la experiencia de todos: “El que no tenga pecado que arroje la primera piedra”, y todos las dejaron caer porque en ese momento dejaron de sentirse los acusadores de una mujer adúltera, pecadora pública, para sentirse hermanos en el pecado , y si bien no la perdonaron, dejaron de juzgarla, no la señalaron más con el dedo porque también ellos la habían ensuciado muchas veces; entonces, en vez de apuntar con el dedo es el momento de mirar para dentro y hacer como enseña la Iglesia: “Mi culpa, mi culpa, mi grandísima culpa”; ¡feliz culpa que te hace acreedor de un amor tan grande!  Nada de miedo y muchas piedras  rodarán. El Señor nos resucita de nuestro sepulcro, como hizo salir ayer a Jesús resucitado de esa tumba. Así nos quiere hacer salir del sepulcro  que envolvía  nuestra vida muerta cuando llegamos a la Comunidad. Ayer a la noche la voz de Madre Elvira hizo el anuncio de la Resurrección, “No tengan miedo ¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo? ¡No está aquí, ha resucitado!”  No estamos más muertos, ninguno de nosotros; todavía llevamos el peso de la muerte pero somos hijos de la victoria, de una victoria que se llama Resurrección. Dejémosla vencer también dentro de nosotros, dejemos que derribe todos los muros que  nuestra humanidad herida ha levantado por  miedo, el miedo de que alguien sepa. . . Y como muchos miedos  después se transforman en paranoia y nos asaltan, porque el pecado  te destruye el corazón y después te “come” el cerebro. Vayamos, corramos, como esa joven que corriendo al encuentro de su padre lo hizo llorar de alegría: ese día se sintió un padre nuevo porque una hija arrepentida de su pecado se abrazó a su cuello ¡Qué bello! Piensen que hoy en el cielo hay una fiesta infinita si se hace más fiesta por un pecador arrepentido que por noventa y nueve justos. . . pienso que esta parábola en nuestra casa debe ser leída al revés: noventa y nueve son las ovejas negras y los justos. . . Piensen entonces qué alegría le estamos dando a Dios. En estos veinticinco años el corazón de Dios se ha sentido feliz como Padre: nosotros nos sentimos pobres pecadores y  lo hicimos a Dios feliz de ser el Padre.

Padre Stefano

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